El conflicto ucraniano: ¿vuelve la Guerra Fría?

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Lejos de vislumbrarse una resolución pactada por los bandos enfrentados, el cruento conflicto que vive la región oriental de Ucrania constituye una verdadera guerra civil. El pasado mes de febrero, los mandatarios ruso y ucraniano, Vladimir Putin y Petró Poroshenko, llevaron a cabo una interminable reunión en Minsk, tutelada por François Hollande y Angela Merkel. A corto plazo, las distantes conversaciones no lograron mejorar la situación: los cañones y las metralletas siguieron retumbando con fuerza en las provincias de Donetsk y Lugansk. Más de cinco mil muertos, una población civil desamparada y desabastecida y la absoluta intransigencia de las dos partes hacen presagiar que el estruendo de las bombas seguirá marcando el devenir del conflicto.

Mientras, el viejo continente vuelve a revivir atónito otro capítulo de violencia a las puertas de la Unión Europea, temerosa de reeditar el fracaso y la vergüenza que supuso la intervención de su diplomacia en la guerra de los Balcanes, un capítulo todavía sin cicatrizar. Volvamos atrás en el tiempo para comprender los factores que han dinamitado las relaciones entre las antiguas repúblicas soviéticas. La chispa que encendió la mecha se prendió en la plaza Maidan, cuando a finales de 2013 los ucranianos detractores del dirigente Victor Yanucóvich -amigo de Moscú- se atrincheraron contra la decisión del gobierno de no firmar un acuerdo de colaboración con la UE, que suponía la reafirmación de la voluntad de buena parte del pueblo ucraniano de acercarse al club de Bruselas.

Los manifestantes -que agruparon desde seguidores del partido de la ex primera ministra encarcelada Yulia Timoshenko a estudiantes o milicias filofascistas- lograron finalmente que el corrupto dirigente del país huyera buscando refugio en Rusia. Una escapada que sirvió para certificar el despilfarro y la corrupción ejercida durante su mandato. La brutal represión perpetrada por las fuerzas del orden durante los meses de protesta en Maidan, así como la contundente actuación de las “autodefensas”, costaron más de un centenar de vidas y dieron pie al horror que vive hoy el este del país.

Aunque Ucrania permanecía unida bajo una misma estructura de estado, lo cierto es que históricamente ha existido una profunda división entre Este y Oeste. Las provincias orientales hablan ruso, leen prensa rusa, mantienen con orgullo el legado del antiguo imperio soviético, apoyaron en las urnas a Yanukovich y sus ciudadanos se sienten más próximos a los dictados del Kremlin. El factor económico también es fundamental: Rusia representa el mayor inversor extranjero en el país y muchos ucranianos cruzan la frontera en busca de empleo y mayor prosperidad. Es preciso recordar que Ucrania fue una de las repúblicas más potentes de la URSS, factor que explica la injerencia rusa en los asuntos internos del país. Para Moscú no se trata únicamente de mostrar músculo ante el mundo y reafirmarse como potencia militar, sino que además pretende evitar a toda costa que uno de sus aliados tradicionales se adscriba definitivamente a la Unión Europea y la OTAN. Y este es precisamente el anhelo de la mayoría de ucranianos occidentales.

Es incuestionable la voluntad de Putin de convertir Ucrania en otro Estado títere, como ya logró en Georgia, Moldavia y Armenia. Su “diplomacia” no sorprendió a nadie cuando, de la noche a la mañana, anexionó la península de Crimea a su territorio, recuperando así el territorio con el que Kruschev obsequió a sus vecinos a mediados del pasado siglo. Crimea, así como las provincias orientales, están pobladas mayoritariamente por rusófonos, y Putin se alzó como legítimo defensor de su legado cultural ante la “indefensión” de este segmento de población frente al ejecutivo central. Bastaron un referéndum popular y un fugaz cambio legislativo para integrar a Crimea en el organigrama ruso. A fin de cuentas, la estratégica península jamás se libró del yugo de su poderoso vecino, ya que el puerto de Sebastopol fue y sigue siendo la base naval más poderosa de las fuerzas armadas rusas en el mar negro.

Del mismo modo que ocurrió el 2008 en Georgia, Putin movió las fichas del tablero cuando su “socio” en Kiev perdió el control de la situación. Así, aparecieron en los poblados fronterizos las misteriosas milicias pro-rusas, equipadas con armamento pesado y preparadas para combatir. Como el mundo sospechaba, se trataba en su mayoría de soldados rusos sin su uniforme original. Tal como sentenció el ex-secretario de Estado norteamericano Herry Kissinger en un artículo del Washington Post, “Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania jamás será concebido como un país extranjero”.

Difícilmente, las partes enfrentadas harán prevalecer los acuerdos adoptados a regañadientes en Minsk. Como describió un editorial publicado por The Guardian a inicios de febrero, “los objetivos de Rusia, Ucrania, los separatistas, los europeos y los estadounidenses son tan divergentes que es imposible reconciliarlos”. Moscú no aceptará en ningún caso el debilitamiento de su poder geoestratégico, pero Kiev pretende forjar con independencia su nuevo marco de alianzas. El reciente rescate económico llevado a cabo por el Fondo Monetario Internacional, valorado en 17.000 millones de euros, deja en evidencia el acercamiento ucraniano a Occidente. Una decisión tomada contra las cuerdas por el actual premier Petró Poroshenko para evitar la caída económica del estado.

La crisis ucraniana escenifica el colofón de una continuada fragilidad, inestabilidad y búsqueda de identidad, que desde que el país empezara su andadura en solitario tras el desmembramiento del imperio soviético jamás logró consolidar. Una política de estado al servicio de unos pocos oligarcas sirvió para que una minoría de medio centenar de personas atesorara cerca de la mitad del PIB. Los aires reformistas propiciados tras la “Revolución Naranja” de 2004 quedaron en papel mojado cuando Yanukovich ganó las elecciones en 2010 y reinstauró el despotismo y la caza de brujas contra sus adversarios políticos.

La efectividad de la mediación occidental, encabezada por el eje franco-alemán, está condicionada. Occidente aprovechó el colapso soviético para afianzarse en la Europa Oriental: la OTAN incrementó su presencia militar, se instaló el polémico escudo antimisiles en Polonia y República Checa para amedrentar a los rusos y poco a poco fue sumando estados al seno de la UE. No obstante, el terreno ucraniano es mucho más delicado, ya que por su superficie se traslada alrededor del 80% del gas ruso que calienta los hogares europeos. Como es habitual, los recursos energéticos juegan de nuevo un rol fundamental en un conflicto y la diplomacia europea se mueve con delicadeza para no dañar sus intereses. Fueron muchos los analistas que advirtieron del riesgo que corría la UE con la implementación del Eastern Partnership Program, que pretende la adhesión de Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Moldavia, Bielorrusia y Ucrania al mercado común. La reacción de Putin da la razón a los que advirtieron de los riesgos que comportaba ejecutar el mencionado plan.

Al otro lado del atlántico, la Casa Blanca sigue atentamente el desarrollo de los acontecimientos. Por ahora, Washington prometió ayuda financiera valorada en más de un billón de dólares a Kiev e impulsó junto a sus socios europeos sanciones contra empresas y bancos rusos que, como documentó el analista Robert Khan, han debilitado sus industrias financieras, energéticas y armamentísticas. Además, expertos en EE.UU. han propuesto acelerar la producción de gas para abastecer al mercado europeo y ucraniano y así reducir la dependencia rusa, aunque la infraestructura necesaria para su transporte supondría un coste muy elevado. En el terreno militar, el ejecutivo de Obama ya incrementó la presencia de cazas norteamericanos en las bases de la OTAN en las penínsulas bálticas, además de enviar cerca de 600 soldados sobre el terreno.

Sobre el tablero quedan pendientes importantes cuestiones por resolver. Como el derribo de un avión de pasajeros que sobrevolaba el este ucraniano, que propició un cruce de acusaciones entre ambos bandos sobre la autoría del disparo que causó la caída. O los probados crímenes de guerra perpetrados tanto por las milicias separatistas como por el ejército ucraniano, que dificultan el acceso de organizaciones humanitarias y dejan a la población civil desprotegida y sin suministros. Definitivamente, el conflicto ucraniano constituye la escalada bélica más mortífera en la Europa oriental desde el fin de la Guerra Fría.

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