“Aunque pongan minas anti-personas, los inmigrantes seguirán viniendo”

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“Aunque pongan minas anti-personas, los inmigrantes seguirán viniendo”, dice enrabietado Sayba Bayo, voz cantante de la ONG Fassuló. La entidad, radicada en la población catalana de Mollet del Vallés, trabaja para mejorar las condiciones de vida de los suyos en Senegal, país de origen de la mayoría de sus miembros. De hecho, casi todos son de la misma familia, los Bayo, originales del pueblo de Fodecounda. Son hermanos y primos que, como tantos africanos, se embarcaron en pateras y aviones en busca de las mieles del soñado paraíso europeo.

En una calurosa tarde de sábado, una docena de hombres de entre 35 y 40 años se reúnen en un aula del centro cívico local en la periferia barcelonesa. El encuentro sirve para deliberar sobre cómo mejorar la gestión del molino que han logrado construir para que las mujeres de su pueblo natal recolecten los granos del campo más ágilmente. Según cuentan, ellas son las que más sufren. “Cada uno de nosotros aporta cinco euros al mes” destaca Mahmadou Signaté, tesorero de la asociación, quien desgrana los proyectos que se han puesto en marcha gracias a su ímpetu. Uno de los más simbólicos se lleva a cabo en el Día del Cordero del Ramadán: se ocupan de que todos los vecinos de Fodecounda puedan comer carne, sobre todo los que no pueden pagarla.

A pesar de las complicadas condiciones de vida que afrontan en suelo español los que lograron cruzar el Mediterráneo, su principal meta es hacer prosperar la tierra que les vio nacer. Con la cooperación de una organización francesa, lograron levantar un centro de atención primaria. El Ayuntamiento de Mollet aportó 45.000 € de su presupuesto y rascaron 150 € de los bolsillos de cada integrante de la entidad para completar el proyecto. También equiparon laMadrasa (centro de estudios coránicos) para que los pequeños más necesitados pudieran estudiar y, además, costean el sueldo anual de los maestros. Para la escuela pública lograron materiales de primera necesidad, como bicicletas para que los chavales de poblados lejanos no desistan en su camino a clase. El sofocante calor y las largas distancias provocan la renuncia prematura de muchos. “Incluso equipamos la escuela con siete cámaras de fotos. La nuestra es de las pocas que puede dar una enseñanza completa”, presume Sayba Bayo, quien a la vez destaca que gracias a su contribución muchos jóvenes alcanzan la Universidad.

La mayoría del clan Bayo logró regularizar su estatus en España durante la legislatura de Zapatero, en 2005. Incluso algunos tienen pasaporte español. No obstante, muchos de los suyos siguen viviendo desamparados, privados de los derechos esenciales y en una lucha diaria por su supervivencia. Es el caso de Nabimoustapha Niang (Musta), quien llegó hace ocho años desafiando el mar con un pequeño barco pesquero que zarpó desde la costa de Mauritania rumbo a las Islas Canarias. Tras su periplo por varias ciudades españolas, sigue a la espera de que el Estado apruebe una oferta de trabajo que le ofrecieron que le permita lograr los tan ansiados papeles. Sin motivos fundados, su solicitud ya ha sido revocada en dos ocasiones. Su sueño es lograr el preciado documento, que le permita volver a Senegal y conocer a su hijo, al cual sólo ha visto gracias a las fotografías que la manda su mujer por el teléfono. Por ahora, trabaja todas las noches de lunes a domingo vigilando un chiringuito de playa mientras revisa cada día si, por casualidad, el funcionario de turno da el visto bueno al tercer recurso presentado.

Signaté se centra en lo importante que es educar a sus jóvenes para borrar de su imaginario el falso sueño de la prosperidad en territorio blanco. “Es un fracaso pensar que la gente lo tendrá mejor en Europa”, asegura mientras remarca la necesidad de educarlos, que aprendan a leer y escribir, un privilegio del que ellos no pudieron disfrutar. “Cada vez que voy, intento frenar a la gente”. Logró hacer desistir a un joven militar gambiano, que estaba a punto de vender todos sus bienes para emprender la travesía, con unos fondos que difícilmente le iban a permitir culminar el arriesgado viaje. Incluso explica casos de funcionarios senegaleses que abandonaron la estabilidad de sus despachos para navegar hacia un futuro incierto.

En las últimas semanas, las aguas del Mediterráneo han revivido con una intensidad sin precedentes la tragedia de los que huyen de la guerra, el hambre y la pobreza. Murieron cerca de mil personas y el revuelo mediático agitó las conciencias de los telespectadores durante unos días. “Tras los atentados deCharlie Hebdó o la caída del avión de Germanwings, estuvieron bombardeándonos semanas con el tema y buscando culpables. En cambio, de los inmigrantes ya no se habla cuando pasa una semana”, afirma indignado Bayo. A su vez, critica duramente la actitud de los diplomáticos africanos asentados en Europa, quiénes ni se dignaron a desplazarse para “ver de cerca la muerte de sus hijos”.

Los miembros de Fassuló no creen que por poner vallas más altas se termine con el problema. No pensaron igual los ministros de exteriores europeos, que tras las recientes tragedias aprobaron a contrarreloj reforzar los efectivos policiales, fortificar las fronteras, destruir embarcaciones de mafias y devolver de inmediato a los que tratan de alcanzar suelo europeo. “Me indigna el trato que se da a este tema. No hemos llegado a comprender que el negro vale tanto como el blanco. Hay una mentalidad en África en la que se cree que el negro es inferior. La gente sabe que hay menos dinero en Europa, incluso hay gente que vuelve porque no hay trabajo. Hay gente recogiendo mierda en las calles”, cuenta Bayo. Cree en la necesidad de llevar a cabo un “cambio simbólico”, liderado por las autoridades africanas y secundado por la población civil. “Eso significará que yo pueda volver a Senegal a montar mi empresa sin que la gente piense que he vuelto porque fracasé en Europa”.

Signaté apunta a otro de los males endémicos extendido en África: la corrupción. Señala las fortunas que algunos líderes políticos atesoran en cuentas suizas que, en ciertos casos, proceden de ayudas que jamás llegaron a sus verdaderos beneficiarios. Él mismo fue testigo del saqueo: en 2003 colaboró con una ONG en Francia, que recibió un fondo para el desarrollo de 28 millones de francos. La primera partida, de 13 millones, fue ingresada directamente en la cuenta de un diputado en Dakar y jamás se supo el paradero del dinero. “Desde entonces, tengo guardada la carta que demuestra que debíamos recibir la subvención”, apunta el tesorero de Fassuló. Tampoco olvidan el desastre provocado por el colonialismo moderno, que hace mantener vivas las llamas de la guerra en Sierra Leona o Liberia, dónde la recolección de diamantes sigue tiñendo de sangre su historia.

“Cada uno de nosotros aquí es un cooperante fundamental”, asegura Saiba Bayo. Desde Fassuló creen en las acciones directas llevadas a cabo por ellos mismos, porque así pueden manejar su impacto sobre el terreno. Bayo y los suyos reniegan de cómo se gestiona, mayoritariamente, la cooperación internacional. “Cuando España da dinero a Senegal, lo suministra directamente a las ONG, condicionando su inversión. Por ejemplo, si se financia la construcción de un huerto, se exige que los materiales y las empresas sean españolas. Me cabrea cuando veo a españoles que van a África y no saben ni lo que quieren hacer”, lamenta. Así se lo hizo saber recientemente al director general de la cooperación española, quién se vio obligado a reconocer ante el auditorio de una conferencia celebrada en Barcelona las malas praxis en la gestión de los planes de ayuda. Por ello, Fassuló promueve la cooperación multinivel: recaudar fondos, fomentar la toma de decisiones entre la población local y recibir apoyo técnico, que no debe significar “la imposición de una visión occidental. El verdadero trabajo de un cooperante es respaldar a la gente desde atrás”.

La peor cara del drama migratorio la sufren los que conviven entre nosotros atrapados en el limbo legal. Los que padecen las consecuencias de lo que ellos definen como “racismo institucional”. Bayo detalla la esencia de la discriminación que sufren los sin papeles: se les deja trabajar, comprar y alquilar viviendas, pero se crean unas leyes para hacerles la vida imposible. “Y si encima tienen la desgracia de entrar en un CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros) están jodidos. Eso es fascismo puro y duro. Su reglamento y funcionamiento es una réplica de los campos de concentración nazi”.

Los integrantes de Fassuló están desilusionados con la labor de los movimientos sociales que defienden su causa. Argumentan que algunos se han montado su cortijo y viven de su causa. “De hecho, ya apenas verás negros en las manifestaciones”, sentencia Bayo. “El buenismo ya no cuela, vivimos en un estado donde se ha normalizado la discriminación”. A pesar de manifestar su profundo disgusto con el trato que reciben, agradece el trabajo desinteresado de personas que se acercan a escucharles y aportan su granito de arena para mejorar su situación.

Publicado originalmente en Revista Contexto y Acción

http://ctxt.es/es/20150521/politica/1181/Aunque-pongan-minas-anti-personas-los-inmigrantes-seguir%C3%A1n-viniendo-Inmigraci%C3%B3n-Senegal-Europa.htm

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