Hebron, la olla a presión del conflicto palestinoisraelí

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Hebrón -Al Khalil en árabe- es el más claro exponente del conflicto nacional, territorial y religioso entre palestinos e israelíes. En las entrañas de la histórica ciudad se respiran y sufren a diario las consecuencias de la coexistencia entre la minoritaria y radical población judía que, progresivamente, se fue instalando en diversas colonias ubicadas entre la población árabe de la ciudad antigua. Wall Street International recorrió las calles de la ciudad durante la festividad judía de Pesach (Pascua), para rememorar los trágicos sucesos históricos acontecidos y recoger testimonios desde los dos bandos eternamente enfrentados.

Mayoritariamente, el transporte y las carreteras dentro de los Territorios Palestinos Ocupados -Judea y Samaria para los que lo consideran territorio israelí- está segregado. Escogí el transporte utilizado por los colonos para llegar a Hebrón desde la estación central de Jerusalén. Un autobús de línea de la compañía Eged, con cristales blindados y marcas de pedradas en sus lunas laterales. El trayecto cuesta 9,5 shekels (NIS) -poco más de 2 euros-, mientras que el transporte palestino sale a 25 NIS. No cabía un alma en el vehículo: religiosos locales y foráneos, jóvenes mujeres soldados y un grupo de judías etíopes llenaban hasta los topes incluso los pasillos del vehículo.

Para alcanzar Hebrón hay que recorrer la ruta 60 en dirección sur. Se trata de una de las carreteras más conflictivas de la región. El paisaje está repleto de los olivos característicos de la zona y las aldeas palestinas se diferencian de los asentamientos judíos con facilidad: las casas de las primeras, en permanente construcción, están presididas por cisternas de agua negras; mientras las viviendas de los colonos, de nueva edificación, suelen disponer de placas solares y tejados rojizos modernos. Los poblados conviven a escasos metros de distancia, debidamente separados por tramos de vallado con cientos de cámaras de seguridad, cantidad de checkpoints y una notable presencia de soldados israelíes. La entrada a cada poblado palestino está presidida por un imponente panel rojo, advirtiendo que la entrada de israelíes es peligrosa y corre bajo su propia responsabilidad.

Como la mayoría de pasajeros, bajé en la parada frente a la Tumba de los Patriarcas. Poco después, se oyeron estruendos de proyectiles antidisturbios a pocas calles de distancia. Eliyahu Mclean, judío religioso originario de Hawái (EE.UU.), advierte que se trata del pan de cada día en las calles de Hebrón, dpnde los choques entre los imponentes efectivos del Mishmar Ha’Gvul -policía fronteriza- y grupos de jóvenes palestinos son una constante. McLean, procedente de un grupo proisraelí de la Universidad de Berkeley, cambió su visión del conflicto tras instalarse en Jerusalén, donde fundó el colectivo “Jerusalem Peace Makers”, promotor del diálogo interreligioso y político. Va ataviado con kipá y los clásicos tirabuzones rizados, los cuales esconde bajo una gorra cuando se encuentra con colegas palestinos “porqué ellos lo identifican con el aspecto de los colonos. Lo hago por respeto”.

McLean resume a los pies del imponente templo la trascendencia histórica y mística de Hebrón. La Tumba de los Patriarcas -Mezquita de Ibrahim para los musulmanes-, es el lugar donde presuntamente se hizo enterrar el patriarca Abraham, venerado por los dos credos. Para los judíos, Hebrón es la segunda ciudad más sagrada tras Jerusalén. Para los musulmanes, la cuarta. Sorprende que sus estructuras jamás fueron destruidas tras las incontables guerras y civilizaciones que se las apropiaron. Fue sinagoga en la era en que David fue nombrado Rey de Israel, iglesia en los períodos de bizantinos y cruzados, y mezquita durante las conquistas de árabes y mamelucos. El interior del complejo está divido en dos grandes espacios separados para cada religión, con un ventanal compartido dónde yace la tumba del patriarca. Unos y otros le rezan y añoran, separados por verjas metálicas y cristales a prueba de bala, desde los que se ven los rostros a poco más de diez metros de distancia. Muchos aprovechan los recovecos para cotillear que se cuece en la otra parte. Diez días al año, el recinto abre sus puertas al completo para cada credo, así unos y otros puedan rezar en la totalidad de su superficie.

Entre la muchedumbre de judíos religiosos que acuden a rezar e improvisar barbacoas en los jardines anexos, encontré a Noam Arnon, portavoz de las comunidades judías -rehúye usar el término colonias- de la ciudad. De aspecto informal, Arnon formó parte del primer grupo de judíos que acudieron a Hebrón tras la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días (1967), que resultó en la ocupación de Cisjordania, entonces en manos del vecino reino jordano. Los árabes de Hebrón se rindieron en banderas blancas ante la apabullante victoria militar hebrea. Exultante, rememora que “tras 40 años de expulsión, el 67 fue el día más importante, ya que se nos permitió de nuevo el acceso a Hebrón y Jerusalén”. La expulsión a la que se refiere es la conocida matanza de 1929, en que multitudes árabes, animadas por el muftí de Jerusalén Amin al-Husayni -reconocido por su posterior colaboracionismo con los nazis-, asesinaron a sangre fría a 67 miembros de la comunidad judía local, que hasta la fecha había convivido en armonía con sus vecinos árabes. Antes de la matanza, la presencia judía en la ciudad había sido ininterrumpida desde siglos atrás.

“En la masacre de 1929, también algunos árabes salvaron a judíos, no todo es negro y hay que realzar los matices. Volvimos para reconstruir una vida pacífica en la ciudad, creemos que es posible”, señala a escasos metros de un grupo de soldados armados con ametralladoras. Arnon afirma que está contra las barreras y las separaciones, como cuando llegó en 1967. “La división es fruto del terrorismo palestino. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) no reconoce la presencia y el legado del pueblo judío en Hebrón”, sentencia tras alardear que bajo control israelí el acceso a los lugares sagrados está abierto a turistas y creyentes de todo el mundo. Arnon cree que los Acuerdos de Oslo de 1993, que supusieron la creación de la ANP, la segmentación de Cisjordania y las fracasadas negociaciones de paz entre los bandos enfrentados, fueron un fracaso para todos. “Antes, un árabe podía viajar libremente de Gaza a Tel Aviv”, dice mientras recuerda su enojo con el ex premier israelí Ariel Sharon por ejecutar la retirada de las colonias en la Franja de Gaza, que a su juicio era antes un “paraíso agrícola y playero”.

A pesar de representar una de las colonias más extremistas, Arnon tiene una relación cordial con el mukhtar (líder local árabe) Abu Khader Jabari, con el que ha mantenido varios encuentros para trabajar por la coexistencia en la ciudad y la región. Jabari dijo tras un encuentro en una jaima en las colinas adyacentes que proviene de una generación que “vivió con los judíos pacíficamente en una relación de hermandad”.

Frente a la Tumba de los Patriarcas espera Mohamed Al Sharana, joven palestino de 26 años que combina su espontáneo oficio de guía turístico con el activismo político. Charla con sus amigos ante una factoría local de cerámica que, junto al vidrio y el cuero, conforman las principales industrias de Hebrón, principal pulmón productivo de los Territorios Palestinos. Al Sharana me guía hacia la única vía de entrada que queda abierta a la Mezquita de Ibrahim, previa autorización de los soldados apostados en el acceso. Con él comprobamos de primera mano las dramáticas consecuencias que supusieron para los palestinos los Acuerdos de Hebrón (1997), que significaron la división de la ciudad en dos áreas: H1, que abarca el 80 % de la urbe bajo control de la ANP y sus fuerzas de seguridad; y H2, el 20% restante bajo soberanía israelí, que incluye el casco antiguo y las cuatro colonias incrustadas entre las cada vez más despobladas residencias palestinas. Según fuentes locales, solo permanecen cerca del 17% de los 30.000 palestinos que vivían en H2. La mayoría huyeron por la imposibilidad de vivir bajo el hostigamiento de los colonos y la presión de los militares israelíes.

En los aledaños del divido templo permanece expectante una pareja de mujeres escandinavas vestidas de gris y ataviadas con brazaletes del TIPH (Temporary International Presence in Hebron). Al Sharana, en tono irónico, bromea sobre la temporalidad de esta misión de observación, puesta en marcha en 1994, así como de los desorbitados salarios -8.000 euros mensuales- que perciben sus miembros. Los informes que elaboran tampoco son de acceso público.

El joven palestino recuerda sobre las majestuosas alfombras de la gran mezquita otro de los acontecimientos que cambiaron definitivamente el rumbo de la disputada ciudad: la matanza perpetuada por el colono judío radical Baruch Goldstein, quién entró al templo abarrotado de fieles el 25 de febrero de 1994 y abrió fuego indiscriminadamente con un rifle M-16. Mató a 29 personas e hirió a más de un centenar, antes de ser reducido y linchado por los supervivientes. Tras la masacre, dos de los tres accesos al templo fueron cerrados por orden militar por temor a represalias. Los días posteriores fueron un caos en la ciudad, que se cobró la vida de 29 palestinos y 9 israelíes más. Esta tragedia fue el inicio del desplome de las esperanzadoras negociaciones de paz de Madrid (1991) y Oslo (1993), definitivamente enterradas tras el asesinato del conciliador Primer Ministro israelí Ytzaak Rabin a manos de un radical judío en Tel Aviv.

Al Sharana me conduce por las angostas callejuelas de la Casbah (mercado) palestino. Las imágenes, ciertamente, evocan a una película de ficción. Los puestos militares se encuentran apostados en las terrazas de los edificios; cientos de cámaras vigilan en cada esquina lo que sucede; vallados y alambre de espino separan puerta con puerta las residencias de los colonos, asentados justo encima de las escasamente transitadas arterias comerciales de los árabes. Al alzar la vista, las botas y los rifles de los jóvenes soldados se imponen en el horizonte. Ciertos cruces están delimitados por checkpoints, en que los militares revisan si el permiso que muestran los palestinos les permite transitar por la calle que solo pueden cruzar a pie.

En el epicentro de la Casbah se halla el histórico baño turco, hoy clausurado por la demanda de los colonos, que reclaman la propiedad de todo el edificio. A pocos metros me encuentro con Jamal, un veterano comerciante de tela local. Señala el perímetro de rejas que se vio obligado a instalar en lo alto de su puesto junto a otros tenderos para minimizar el constante hostigamiento de sus molestos vecinos del asentamiento de Abraham Avinu. Desde la altura, los colonos lanzan basura, botellas, piedras, huevos, orín y cloro bajo la impasible mirada de los soldados. “Somos pacientes y fuertes, no nos rendiremos porqué pasamos toda la vida en estas tiendas . No somos animales, respetamos a todos en esta tierra”, relata indignado. En shabbat, día festivo de los judíos, éstos recorren la Casbah fuertemente escoltados. Los palestinos lo consideran una muestra más de provocación.

Un joven me permitió el acceso a su terraza, desde donde se aprecia la esquizofrenia diaria de la zona H2. Desde las alturas se divisan en las colinas las cuatro imponentes torres militares de color gris que vigilan la ciudad y las residencias de los colonos dentro del casco antiguo. Desde el mismo punto en el que nos encontramos, cuenta como saltaron por los tejados adyacentes un grupo de colonos que amenazaron con matar a los pequeños de su familia. “Welcome to Hebron”, comentó con una visible tristeza en su rostro mientras intentaba venderme pulseras con el lema “Palestine” que ofrece a cada foráneo que recorre su barrio.

Seguimos paseando junto a Mohamed Al Sharana, que afirma al pasear cerca de una pareja de soldados “no estar en contra de los judíos, sino contra la ocupación y el sionismo”. Según él, los palestinos son herederos del pueblo de Canaán, posteriormente rebautizado por los romanos como Phalastine. Una muestra más de las tantas denominaciones históricas que ha recibido esta tierra y la enorme distancia que separa las divergentes narrativas de cada bando.

Visitamos a su amigo Abed, que vive en un desértico callejón flanqueado por dos viviendas de colonos. Un cartel reza: “Estas son propiedades palestinas ilegalmente ocupadas”. Saboreando café turco y fumando sin cesar, explica que él nació en el mismo salón donde nos hayamos, presidido por un retrato del difundo líder palestino Yassir Arafat. Es la octava generación de su familia que crece en el mismo hogar. Una de las dos ventanas del espacio está cerrada a cal y canto con una placa de acero pintado de azul oscuro. Al otro lado vive un colono, que asesinó a tiros a su primera mujer. Y, día tras día, se resigna a verle salir impunemente por la puerta. Orgulloso, rememora el día en que rechazó cuatro millones de dólares que le ofreció un judío norteamericano por comprarle su modesta vivienda de dos habitaciones. “Yo no me muevo de aquí”, exclama Abed. Preguntado sobre qué sucedería en caso de abrir el ventanal, bromea: “iría a la tumba o a las cortes”.

Su colega Mohamed remarca las diferencias legales que rigen a unos y otros. “¿Sabes cuánto tiempo podría pasar en la cárcel por lanzar piedras? Diez años”. Desde el 1967, los palestinos viven bajo una estricta legislación militar, mientras los colonos son juzgados por el código civil aplicado en Israel. Aún así, no duda en reconocer que hay ciertos aspectos que le agradan de la sociedad israelí, como la efectividad de la justicia ante los casos de corrupción. Según él, no sucede lo mismo del lado palestino: “¿Dónde están los millones de dólares que recibimos en ayudas? Nosotros no los vemos en ninguna parte”. Protesta por la corrupción y la antigüedad de los líderes de la ANP, que hace décadas ostentan el poder y, según su criterio, están desconectados de la calle palestina.

El joven se queja de la precariedad laboral de la juventud local, que a su vez achaca a las imposiciones israelíes: “podríamos comprar gas saudí, electricidad egipcia y beber agua palestina a precios mucho más baratos, pero Israel nos obliga a importar todos sus bienes y servicios”. También critica con vehemencia los Acuerdos de Oslo, que supusieron que “tan solo el 8% de nuestro territorio quedara en plena soberanía palestina”.

Los dos anhelan una vida en paz. “Dicen que no estamos preparados para la paz, pero no es cierto. Los jóvenes palestinos, como también sé que sucede con algunos israelíes, estamos dispuestos a hablar de todo”. Mohamed vivió en sus propias carnes el estado de sitio que vivió Hebrón durante la Segunda Intifada, marcada por la violencia indiscriminada de los atentados terroristas en territorio israelí y las mortíferas ofensivas del ejército en el lado palestino. Como represalia a la autorización que dio su padre a reporteros gráficos para filmar desde su balcón, fue arrestado y apresado tres días bajo tierra. Por aquel entonces tenía 12 años. En los años posteriores, los toques de queda para los habitantes palestinos fueron una constante, llegando incluso a los tres meses de duración.

Con Mohamed Al Sharanna crucé el primer checkpoint de la emblemática calle Shuhada, punto habitual de encuentro de las marchas de jóvenes palestinos que reclaman su reapertura. Él solo puede recorrer el primer tramo, ya que el segundo control solo lo pueden cruzar los colonos. Shuhada es el ejemplo más impactante de la segregación de Hebrón, a la que los palestinos se refieren como “Gosht Town” (pueblo fantasma). La avenida, que en el pasado fue la principal ruta comercial y de tráfico de la ciudad, es a día de hoy una calle sin alma. Banderas israelíes se izan sobre los centenares de comercios palestinos que se vieron obligados a cerrar por orden militar en el auge de la segunda intifada. Las verjas metálicas que sellan las tiendas están condecoradas con pintadas de corte racista. La decisión gubernamental de cerrar definitivamente la calle a los palestinos se tomó, según recuerda Eliyahu McLean, tras dos fatídicos sucesos: un hombre bomba se inmoló, llevándose la vida de una pareja de religiosos judíos; y la muerte de una bebé judía a manos de un francotirador palestino apostado en una vivienda en lo alto de la colina, hoy reducida a escombros.

Los pocos palestinos que resisten en sus viviendas en la avenida viven con sus balcones enjaulados. Los bloques de hormigón y los imponentes vallados marcan las divisiones de sus viviendas. En uno de ellas, una cartulina reza: “Peligro, esta zona fue tomada por el apartheid israelí”. Para McLean, con el que retomé el contacto en la zona de paso exclusiva para colonos, la situación no puede equiparse al apartheid de Suráfrica o EE.UU., ya que en estos países “se trataba de una cuestión racial, mientras que aquí es una disputa nacional-religiosa y una cuestión de seguridad”. Para reforzar su argumento, recuerda que algunos de los soldados israelíes que patrullan Hebrón son de origen druso, árabes cristianos o, incluso, negros. Lo cierto es que en la calle Shuhada, como en el resto de las colonias de Hebrón, la vida comercial es inexistente. Los únicos letreros colocados hacen referencia a la antigua presencia judía en la ciudad y la desposesión que, según los colonos, sufrieron a manos de los árabes décadas atrás.

Los residentes judíos de Hebrón viven casi exclusivamente de las ayudas. El gobierno gasta enormes cuantías para preservar su seguridad en la ciudad y subvencionar algunos servicios. A su vez, reciben importantes donaciones procedentes del extranjero, vehiculadas mayoritariamente a través del denominado “The Hebron Fund”. A pesar de que McLean apunta que algunos residentes -especialmente mujeres- trabajan en escuelas o en la artesanía, lo cierto es que en las zonas donde residen los colonos no hay negocios en las calles. Tan solo existe un pequeño centro comercial donde estos acuden para aprovisionarse.

McLean me guío entre los entresijos de las colonias de Tel Rumeida, Beit Hadassah y Beit Romano. La presencia judía en estas pequeñas colonias siempre se ha visto impulsada por un efecto de acción-reacción. Los primeros colonos se instalaron inicialmente en la adjunta colonia de Kiryat Arba, al este de Hebrón, ante la negativa inicial del ejecutivo hebreo de permitirles residir en pleno corazón de la ciudad. No obstante, una noche de 1979 un grupo de mujeres y niños se encerraron en el edificio de Beit Hadassah, un antiguo hospital judío reconvertido en sinagoga que en los tiempos de la Palestina británica trató igualitariamente a árabes y judíos. Tras el asalto de un grupo de palestinos armados, que costó la vida de seis personas, se permitió su presencia permanente y se construyó un edificio de seis plantas en su memoria. Se trata de los pocos edificios de nueva construcción erguidos en pleno casco antiguo.

En Tel Rumeida, donde inicialmente vivían siete familias en casas prefabricadas, ocurrió lo mismo: tras el asesinato a cuchillazos de un rabino a manos de un palestino, se aprobó la construcción de un edificio, a pesar de que a sus pies se encuentra un importante hallazgo arqueológico. McLean recuerda la bandera palestina que se izó frente a la vivienda del difunto rabino en honor al agresor, y asegura que “los activistas solo se quedan con un lado de la historia”. El perímetro de la colonia alberga una base militar de la brigada Golani, el cementerio donde yacen algunas de las víctimas de la masacre de 1929 y una cueva con la supuesta tumba de Yshai y Ruth, familiares del Rey David. Para preservar la seguridad de los residentes judíos de Hebrón -se estima que alrededor de 700-, hay desplegados más de 2.000 uniformados de distintas unidades del ejército, que rotan periódicamente.

Paradójicamente, a escasos metros del nuevo edifico se encuentra la sede del movimiento activista palestino “Youth Against Settlements” (Juventud contra las colonias), cuyos murales reivindicativos han sido cubiertos de pintura blanca por sus adversarios. McLean señala al soldado apostado a pocos metros de la entrada de la sede: “Como ves, garantiza la libertad de expresión de todos”, apunta. Para más inri, los jóvenes activistas se disputan con los colonos la propiedad de un ancestro olivo de gran envergadura ubicado frente a su puerta. Cada centímetro de tierra es motivo de disputa.

La narrativa también es radicalmente opuesta al señalar el origen de los edificios. Mientras Mohamed Al Sharanna señalaba que la Beit Midrash (escuela religiosa judía) fue en el pasado una escuela infantil palestina, McLean matiza que, anteriormente, fue cuartel general de las tropas británicas y, mucho antes, un centro religioso judío de las mismas características que el actual. Aprovechamos nuestra presencia para entrar en la rehabilitada sinagoga, la cual fue encontrada llena de escombros por los primeros colonos reasentados en Hebrón. McLean extrae de sus vitrinas los cuidados y coloridos pergaminos sefardíes de la torah, los cuales son mostrados abiertamente por los lugareños para demostrar que “no son colonos ocupantes”. En la sala anexa, un veterano residente reza en el atril con una pistola bien visible en su cintura.

La ciudad atardecía en aparente calma, mientras en la Tumba de los Patriarcas el tránsito de fieles judíos era incesante, observados con recelo por los pocos palestinos que cruzan a pie la calle ubicada frente al templo. La violencia cotidiana de Hebrón, principal urbe palestina en Cisjordania, vive actualmente una situación de tenso status quo en la que protección y supervivencia de los colonos supone unas condiciones de vida insostenibles para los palestinos, quienes sufren las peores consecuencias siempre que la chispa del conflicto se vuelve a prender.

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