APUNTES SOBRE EL TERRENO EN TIERRA SANTA

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Ofer Laszewicki Rubin – Jerusalén

Las ideas que expongo a continuación son fruto de las impresiones que me llevé tras pasar unas semanas en Israel y Palestina. Tras años visitando la región, me entristece comprobar el enquistamiento y la escalada de confrontación de ambos pueblos, víctimas de un longevo conflicto que, por ahora, no parece que vaya a resolverse. Jamás viví una Jerusalén tan militarizada y paranoica, víctima de los ataques diarios de lobos solitarios palestinos y la durísima represión militar israelí en los barrios orientales de la ciudad. Los ataques son menos sangrientos que en la Segunda Intifada, sí; pero más frecuentes e impredecibles. La psicosis se respira en cualquier rincón de Israel –la burbuja de Tel Aviv sigue respirando “tranquila”-, ya que cualquier árabe es sospechoso en estos días. En Cisjordania, la mano de hierro del ejército se endurece aún más, y los habitantes de Jerusalén Este sufren las consecuencias de los atentados de algunos de sus jóvenes en forma de más muros, bloqueos y efectivos militares. Mientras se sigue derramando la sangre –ya van 90 palestinos y 22 israelíes muertos-, quiero destacar algunos aspectos que me parecen de interés:

EL CONFLICTO ESTÁ MAL (O MUY MAL) EXPLICADO

 Esa fue mi sensación sobre el terreno. Sentí como los medios, tanto a nivel nacional (palestinos e israelíes) como internacional, contribuyen en ahondar las diferencias, fortalecer una de las dos narrativas, minimizar el sufrimiento del “otro” y brindar a la audiencia una parte muy pequeña del enorme y complejo puzle que configura el conflicto. Se ha escrito y se escribe miles de artículos al respecto, pero en muchas ocasiones desde el frentismo, la negación y, lo peor de todo, desde el odio. Considero impropio de la profesión periodística el estar informando de algo o alguien que te produce un grado de rabia u odio tal que influye en el deber de informar con honestidad.

Por descontado, la parcialidad suele beneficiar al lado palestino, el más débil y castigado. Es una tendencia generalizada. Un gran problema es que se concibe habitualmente a Israel únicamente como potencia ocupante y estado militar opresor, saltándose de este modo la necesidad de hablar con normalidad sobre el bando israelí. Simplificar la realidad de Israel en las imágenes de blindados y ultraortodoxos es muy perjudicial, ya que elude el gran embrollo sociológico, demográfico y religioso que conforma el país. De hecho, pasa por alto los propios conflictos internos que vive Israel. Además, contribuye en ahondar aún más en el prejuicio antiisraelí, que muy rápida y fácilmente tiende a convertirse en un prejuicio antijudío.  También hay parcialidad proisraelí, encabezada por fuertes grupos mediáticos occidentales y la propia hasbará, que amplían desmesuradamente la violencia palestina y esconden la cruda realidad diaria en Cisjordania y los ataques continuos e impunes de grupos de colonos o el propio ejército a civiles palestinos. No acuso a ninguno de los dos lados de engañar deliberadamente (cosa que si sucede en ocasiones); pero si son participes en la fragmentación de la realidad y en hacer una cuidadosa selección, para así reforzar la argumentación de los defensores de cada relato.
A esta oleada se la ha bautizado con muchos eufemismos, entre ellos “La Intifada de los cuchillos” o “Intifada 2.0”.  Éste último describe fielmente los hechos: jóvenes palestinos de 15 a 25 años, muchos sin filiación política, que se retroalimentan de propaganda y videos de ataques a objetivos israelíes y mensajes glorificando el martirio. Los medios de referencia para esta generación son perfiles de Facebook o Youtube, que alientan a seguir con acciones como la de un niño palestino de 13 años que se arma de un cuchillo para apuñalar a otro muchacho judío de su misma edad en Jerusalén. O estudios de televisión y radio, con la mano de las principales facciones palestinas detrás, decorados como escenario de la revuelta violenta y difusores de mensajes de líderes religiosos instigando a los jóvenes a seguir cometiendo ataques.

Por su parte, en las calles israelíes se distribuye cada día el periódico gratuito Israel Hayom, de marcada tendencia progubernamental. Las teles y radios refuerzan, mayoritariamente, el discurso del miedo y reproducen los slogans exigiendo más mano dura del gabinete israelí. Sus páginas van llenas de imágenes de terroristas palestinos y titulares duros, como el que escribía el periodista Sapir Dayan al afirmar que “luchamos contra animales con forma humana”. Ese es otro gran escollo: la deshumanización imperante en ambos bandos, que permite aceptar y justificar las muertes y el desprecio del rival.

A su vez, el diario Haaretz publicaba un artículo alertando del creciente racismo anti-árabe en las redes sociales israelíes. Un reconocido articulista árabe israelí con el que tuve el placer de charlar, Mohamed Darawshe, hizo un apunte preocupante sobre la escalada actual: se está pareciendo cada vez más a un conflicto civil al estilo de Irlanda, que derivó en una durísima violencia comunitaria que costó miles de vidas. Las distancias entre árabes y judíos dentro de Israel son cada vez más grandes y si el problema sigue sin solventarse pronto podrán llegar a ser insalvables.

Sobre la prensa extranjera, mi impresión fue ver como decenas de cámaras se apilan frente a la puerta de Damasco de la ciudad antigua de Jerusalén, un “teatro” (literal, porqué es una especie de anfiteatro) en el que las imágenes para las piezas vienen solas. Incluso aquí una cámara filmó un intento de ataque de un joven palestino a un agente. Los medios gráficos se apostan en los puntos calientes de la ciudad santa y los lugares de enfrentamientos habituales de manifestantes palestinos con las fuerzas israelíes en Cisjordania. No resto importancia a las dramáticas consecuencias de la violencia, pero si es cierto que hay una clara teatralización en muchas facetas.

Por ejemplo, en la aldea palestina de Nabi Saleh, que hace poco brindó al mundo las sobrecogedoras imágenes de un soldado hebreo arrestando forzosamente a un menor, que luego se vio envuelto de una turba de familiares tratando de frenarle. No obstante, la familia afectada, los Tamimi, son ya un “icono mediático” del lugar, y sus niñas aparecen frecuentemente en primera línea de las protestas, un factor criticado vehemente desde el lado israelí, que se indigna y clama contra sus padres por permitirles estar en primera línea de las protestas. Me llegaron incluso comentarios sobre gente que vio a periodistas alcanzar piedras a muchachos palestinos en Jerusalén Este a cambio de una buena fotografía. O, incluso, un compañero periodista belga al que le vendían el “pack completo”: taxi a Jabel Mukhaber (Jerusalén Este), entrevista con los padres del joven terrorista, y taxi de vuelta al hotel.

Resumidamente, se suele centrar el relato en las declaraciones y contradeclaraciones de los imprudentes líderes políticos y en los sectores más violentos e intransigentes de ambas sociedades. De este modo, se obvia una parte muy grande del relato: la gente que a ambos lados aspira simplemente a vivir una vida normal y pacífica, criar a sus hijos y lograr, sea cual sea la fórmula política, un futuro en que se pueda, al menos, convivir. Porqué hay algo incontestable: ni judíos ni árabes se moverán de aquí, por mucho que algunos vociferen y maten para intentar lograr su temerario objetivo. Desgraciadamente, hay demasiados intereses detrás de este conflicto, y lo que vende es el barullo. Creo necesario aportar algo de luz entre tantas sombras.

SE MINIMIZA EL SUFRIMIENTO ISRAELÍ DEL RELATO

Visitando la región y tratando de comprender el dibujo actual del conflicto es innegable que Israel es el fuerte, quién tiene la sartén por el mango. Su poderío militar y territorial es fruto de su historia, las guerras libradas y las victorias obtenidas. No creo que sea necesario debatir mucho al respecto, pero si es preciso entender los porqués y explicar con precisión y sin manipulación la psicología característica del pueblo israelí. Hay un elemento clave: muchos periodistas asumen de antemano la narrativa propalestina, que culpa siempre a Israel, olvidando así la violencia indiscriminada actual (o del pasado) y la negligencia política, la enorme corrupción y el nepotismo que ahonda aún más el drama palestino. No nos engañemos: hablamos de un conflicto dónde la línea entre el periodismo y el activismo es, en demasiadas ocasiones, muy fina. Sobran los ejemplos.

Hay un dato cierto: cada vez que estalla el ciclo violento, los palestinos suelen sufrir más y acumulan más muertos a sus espaldas. Estos días no son la excepción. No obstante, ¿esto implica que se suavice el modo de explicar la violencia palestina, a su vez mortífera, sanguinaria e indiscriminada? Titulares que predominan en medios de habla hispana ratifican esta idea. Por ejemplo, TVE 24 h titulaba que “Dos israelíes y un palestino heridos en Jerusalén”. El dato es cierto, pero el titular elude lo fundamental de la noticia: que un joven palestino acuchilló y trató de matar a israelíes inocentes. Se mire por donde se mire, es un acto que debe ser denunciado con las palabras concretas para hacerlo.

No me cansaré de repetirlo: que en Israel gobierne la derecha (chantajeada por la ultraderecha), Netanyahu se postergue en el poder sacando rédito de mensajes populistas y temerarios, no significa que todos los israelíes comulguen con su mensaje ni deseen el sufrimiento de los palestinos. De hecho, en los últimos comicios logró tan solo 30 de los 120 escaños de la Knesset, y ha formado de nuevo un gobierno débil que debe jugar constantemente a múltiples bandas. Precisamente, son polémicos periodistas israelíes como Gideon Levy o Amira Hass de Haaretz –considerados traidores en su país- quién mejor conocen y denuncian las injusticias que vive el pueblo palestino. O los exjefes de los servicios secretos internos del Shin Bet, quiénes recientemente hablaron claro en el documental The Gatekeepers, algo inaudito que pocos en su lugar se atreverían a hacer. Algo muy positivo en Israel es que todo el mundo está dispuesto a hablar, y suelen tener mucho que contar. Incluso los que critican abiertamente el modus operandi de algunas conductas del ejército israelí, como la ONG Breaking the Silence. Pero informativamente es habitual que se  englobe a todo Israel en un mismo saco y así eludir sus matices y divisiones internas, necesarias para comprender la evolución del conflicto y las actuaciones –y los traumas- de Israel.

Es curioso ver como medio mundo clama, opina y juzga a Israel (y a los israelíes), sin tan siquiera haber visitado el país y conocido a sus gentes. Y, por descontado, la doble vara de medir que se aplica: mientras los saudíes masacran Yemen con armamento occidental o todos juegan con los hilos de la matanza en Siria –dónde también mueren miles de palestinos– el mundo calla; a la que estalla la guerra en Gaza, muchos se apresuran a clamar contra el “estado terrorista y genocida de Israel”.  Repito: no justifico las acciones militares en Gaza, pero hay que hablar claro sobre lo que allí sucede. Hamás mantiene un régimen dictatorial a sangre y fuego con los palestinos de la Franja, que viven atemorizados. La milicia islamista es consciente de que cada ronda de violencia contra Israel será devastadora, ya que su inferioridad en lo militar es evidente y la respuesta militar israelí será cada vez más dura, como demuestran las tres últimas guerras. Pero hay un dato que se suele infravalorar: los gazatíes viven oprimidos en primer lugar por Hamás, quien no duda en librar sus combates contra Israel desde zonas densamente pobladas e intentando generar el mayor número de bajas civiles posibles. Es una realidad incontestable y mortífera para los palestinos, que no pueden levantar la voz contra Hamás  porqué pueden ser ejecutados en plena calle. Un periodista extranjero que estuvo en Gaza el pasado verano me transmitió la angustia, la censura y la opresión impuesta por los islamistas a su propio pueblo. Los hechos hablan por sí solos: mientras hay barrios devastados como Shejaiya -víctima de los bombardeos y los combates a pie de calle entre soldados israelíes y milicianos palestinos- que siguen devastados, Hamás dedica materiales  que deberían servir para la reconstrucción para cavar nuevos túneles para atacar objetivos israelíes.  Por descontado, su miseria es agravada por el bloqueo, impuesto a la par por Israel y Egipto (que actualmente mantiene el paso de Rafah cerrado a cal y canto). El sitio de la Franja, impuesto por Israel en 2007 tras el golpe de estado que llevó al control total de Hamás en Gaza, ha perjudicado aún más las duras condiciones de vida de muchos gazatíes, que sufren del cerco militar por tierra, mar y aire, y viven en una situación de guerra o posguerra continua.

No pretendo librar de ninguna culpa a la política de Israel en el conflicto. La critico abiertamente desde la aceptación. Pero hay un factor que se pasa por alto: las actuaciones de Israel y el miedo o pánico de sus ciudadanos no son fruto de la casualidad. Es preciso remarcar que no ha habido ninguna generación israelí que haya vivido la paz real (si algunos periodos “tranquilos”). Algunos de los que claman recurrentemente contra Israel deberían revisar la historia para comprobar que, en el pasado, los israelíes fueron el “David” admirado por movimientos progresistas internacionales. O que en cada guerra librada entre el 1948 y el 1973 contra poderosos ejércitos árabes, los judíos de Israel sentían continuamente la amenaza real de volver a ser exterminados. Como apunta el psicólogo judío estadounidense Richard Lazarus, tras la guerra del Yom Kippur “los israelíes estaban viviendo en un continuo estado de trauma, esperando a ser asesinados o perder a sus seres queridos en la guerra o en ataques terroristas en cualquier momento, y sentirse solos en un mundo que los odiaba”. Este sentimiento jamás ha abandonada a la psicología general del pueblo israelí.

Cuando los buses saltaban por los aires en la Segunda Intifada –que costó más de 1.000 vidas israelíes y cerca de 3.000 palestinas-, o ahora, cuando los “lobos solitarios” actúan imprevisiblemente, Israel sufre, teme, odia y desconfía. Y esto afecta a todos, también a los árabes israelíes o los palestinos de Jerusalén, que trabajan y comercian en muchos aspectos cotidianos con sus vecinos judíos. Cuando una madre israelí pierde a su hijo sufre el mismo dolor que una madre palestina, sea cual sea la causa que propició su muerte.

La ruptura definitiva (física y psicológica) empezó con los fallidos Acuerdos de Oslo, que iniciaron la fragmentación de Cisjordania; y con la Segunda Intifada, cuyas dramáticas consecuencias enterraron cualquier atisbo de paz. La izquierda israelí y el movimiento pacifista se hundieron: sus proclamas se volvieron vacías ante las masacres de los suicidas palestinos. Desde entonces, la derecha se ha fortalecido cada vez más levantando el estandarte de la seguridad y ahondando en el discurso nacionalista y expansionista (sean cuales sean sus consecuencias sobre el terreno). Ante la vía violenta adoptada entonces tanto por Al Fatah como por Hamás, buena parte de los israelíes asumieron como buena la política de mano dura si a cambio aportaba seguridad a sus vidas diarias. No obstante, los ataques actuales lo desmontan todo: un palestino con un simple cuchillo de cocina es capaz de desestabilizar y atemorizar a un estado poderoso y militarizado.

LA OCUPACIÓN MILITAR DE CISJORDANIA SI ES CLAVE

No me daré muchos más detalles sobre el asunto, creo que están sobradamente explicados. Pero si quiero remarcar una idea: los que defienden que los asentamientos “no son el verdadero problema” (o que la causa única del conflicto es que los palestinos aspiran únicamente a eliminar Israel del mapa), restan importancia a un problema de base fundamental. Se pueden hacer lecturas interesadas y parciales sobre la conquista israelí de Cisjordania en 1967, pero hay una realidad implacable: los palestinos llevan casi 50 años bajo un duro régimen militar, que condiciona todos los aspectos de su rutina diaria.

Encontré un párrafo del periodista de izquierdas israelí Haggai Matar en el blog +972 en que resume lo que a su juicio supone la ocupación a día de hoy:
“Y tenemos que tener claro cómo hacerlo : es posible dejar de lado la fijación que nos lleva una y otra vez a una escalada de la violencia . Es posible evitar la supremacía judía completa desde el río (Jordan) hasta el mar. Es posible comprometerse plenamente con la democracia , la igualdad y la libertad para todos los que viven aquí . Es posible construir una sociedad justa e igualitaria y sin un régimen militar en Cisjordania , sin asedio a Gaza , sin discriminación y el despojo de los ciudadanos palestinos o los de Jerusalén Este. Estas son las formas más atroces de la violencia que tiene lugar en esta tierra, y ellos son los que llevan a todas las otras formas de violencia política. Es posible tener dos estados, una confederación o un estado – pero renunciar a la supremacía judía y la voluntad de compartir la tierra misma es un principio básico”.

La ocupación militar y civil en Cisjordania supone la perpetuación constante del ciclo violento, el robo de tierras, aguas, olivos y, sobretodo, de la dignidad de la población palestina autóctona. Casos actuales como el ataque de un colono a un rabino activista cerca de Itamar; las continuas agresiones impunes (incluso con fuego real y protección militar) de grupos de colonos radicales a agricultures; la usurpación de viviendas – justificadas por un régimen judicial injusto e inmoral- en lugares como Jerusalén Este o Hebrón para recolocar a familias de colonos; el sistema de checkpoints fijos y arbitrarios, que perjudica enormemente el día a día de los ciudadanos palestinos; y la continua construcción de asentamientos judíos, que en muchos casos supone también la expulsión o destrucción de casas y aldeas palestinas.

Me basaré en dos vivencias personales. En primer lugar, como me contó el colono judío Shaul Judelman del asentamiento de Tekoa, hay que entender que la conexión histórica y mitológica de los judíos en Tierra Santa está precisamente en enclaves ubicados en “Judea y Samaria” (denominación bíblica de Cisjordania): Jerusalén, Hebrón, Shilo, Beit El, la tumba de José en Nablús o la tumba de Rachel en Belén. A su vez, es preciso clarificar que los judíos no se limitaron a ocupar estas tierras y poblarlas por meros anhelos conquistadores. Antes de la Guerra de Independencia del 48 (o Nakba palestina), habían importantes comunidades judías en lugares como Gush Etzion y Hebrón.

El mismo Shaul, en conversación con su amigo palestino Fiad (si, no todo es blanco o negro, hay colonos y palestinos amigos que conrean huertos juntos), reconocía que el problema no era la sola presencia de judíos en Cisjordania, sino el régimen militar que oprime y coarta las libertades de sus vecinos palestinos. Curiosamente, muchos en su colonia comparten esta visión e, incluso, 300 de ellos se manifestaron contra el asesinato del bebé palestino Alí Dawabshe en Duma este verano. Fiad lo resumía así: “no nos sentimos libres. Tenemos miedo, y no podemos hacer planes de futuro. Por ejemplo, si quiero ir mañana con mis hijos al Mar Muerto o Jericó, no sé si podré hacerlo”, dice refiriéndose a los continuos checkpoints y bloqueos impuestos por el ejército israelí que limitan la circulación de los palestinos en Cisjordania. Por el contrario, cualquier judío israelí puede cruzar cuando le apetezca la autopista n.1 –que va de Tel Aviv a Jericó-, y plantarse en cualquiera de las preciosas orillas del Mar Muerto.

Otro factor crucial es el sistema segregado –considerado Apartheid por muchos- que reina en los Territorios Palestinos. Sobre todo, a nivel judicial: los palestinos son juzgados por una estricta legislación militar desde el 1967, mientras que los colonos responden ante la justicia civil israelí. Esto lleva a anomalías como esta: un joven muchacho palestino acusado de cometer altercados puede pasar años en la cárcel; en cambio, un colono de Hebrón, que mató con su pistola a la mujer de su vecino palestino, sigue saliendo impune cada mañana por la puerta de su casa. Solo hay que darse una vuelta por Hebrón para comprobar que este sistema es injusto, ilegal e inmoral: al final, unos viven rodeados de muros, vallas y muchos rifles, pero todos acaban siendo víctimas de la violencia. Las armas no garantizan su protección. Se pelean y se matan a diario palestinos con colonos y soldados, y bajo esta realidad de renconr y tensión crecen las nuevas generaciones, que se odian cada vez más.

Por tanto, la ocupación si es un verdadero escollo a resolver para frenar las injusticias que supone para los palestinos, más que en el hecho de negar los vínculos históricos judíos con esta tierra, que son obvios. Se ha escrito y especulado sobre muchas soluciones: evacuación de los asentamientos; anexión de los grandes bloques a Israel en un futuro acuerdo de paz; o continuar con el famoso Statu-Quo, que a la postre supone “manejar” la ocupación, seguir construyendo, seguir manteniendo a raya a los palestinos e intentar que la vida siga su curso con un sistema injusto que erosiona a Israel en todos los aspectos y contribuye a encender (más si cabe) la llama del sentimiento antiisraelí.

 

EL FRACASO Y EL CINISMO DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL

Como tantos otros conflictos del mundo, éste conflicto no lo inventaron tan sólo los judíos sionistas y los palestinos. En Tierra Santa ya llevaban matándose por los siglos de los siglos. Pero hay algo incuestionable: el papel colonial, en este caso ejército por el Reino Unido, fue un desastre: tanto ejerciendo falsas promesas a ambos pueblos sobre su futura soberanía, como largándose del terreno dejando un conflicto vivo que todavía hoy perdura. Actualmente, el papel de la Comunidad Internacional sigue siendo igual de fracasado: decenas de resoluciones de la ONU condenando a Israel por sus crímenes (en clara desproporción respeto a dictaduras amigas de Occidente que masacran con silencio cómplice); donaciones multimillonarias a las facciones palestinas en cumbres y acuerdos de todo tipo, que suelen acabar en los bolsillos de los ostentosos dirigentes de Hamás o Al Fatah; y una manifiesta incapacidad de los estados poderosos –en especial EE.UU.- de reclamar un freno a la política de expansión de las colonias judías y la represión militar, el fin de la lucha armada palestina y exigir la vuelta (real) a la mesa de diálogo. Sin conversaciones de frente, como sucedió durante la era de Rabin y Arafat –que, por cierto, muchos palestinos me recordaban con añoranza-, será imposible empezar a mejorar algo.

Para más inri, los franceses propusieron la caduca propuesta de enviar una fuerza especial para controlar la Explanada de las Mezquitas (también Monte del Templo) en Jerusalén. O la última ronda de encuentros, que escenifica la parálisis en todos los frentes: Netanyahu viaja a Berlín a preparar con Kerry una posible reunión en Jordania con el rey Abdallah II (y posiblemente con representantes palestinos); tras días de rumores, se confirma la cita en Amán y, finalmente, todas las partes adoptan una “medida estrella”: colocar cámaras de seguridad en Al Aqsa. Es decir, una semana de intensa diplomacia internacional para colocar unas cámaras que, a fin de cuentas, grabaran imágenes de sobras vistas anteriormente. Son estas las recetas ineficaces que propone el mundo para intentar dar un giro en el curso del conflicto palestinoisraelí, que a muchos actores interesa mantener vivo.

RADICALIZACIÓN CRECIENTE Y ALARMANTE

Por último, quiero referirme a uno de los puntos que más me llamó la atención. La enorme radicalización, sobre todo en la juventud palestina e israelí, que se desconocen y odian más allá de lo racional. Hay una diferencia clave: las generaciones anteriores estaban “conectadas” pese a que el conflicto persistía. Un trabajador palestino de Jenín iba a trabajar en las obras de Haifa, y un turista israelí cruzaba Gaza para ir a Egipto. La interacción era común en lo laboral y lo comercial e, incluso en algunos casos, en lo personal y familiar. Ahora todo esto es prácticamente una utopía, ya que son pocos los que deciden darse la mano, conocerse y tratar de cooperar para superar conjuntamente las heridas que ha dejado tantos años de conflicto.

Es muy dañino ver que líderes israelíes de extrema derecha, como Ayelet Shaked o Uri Ariel, cobran cada vez más protagonismo y, a fin de cuentas, acaban marcando la agenda mediática con ideas tan descabelladas como matar a madres palestinas, soñar con ver ondear la bandera israelí en Al Aqsa y demás comentarios que solo sirven para prender el fuego del odio. Lo mismo o peor ocurre del lado palestino: las continuas llamadas a defender Al Aqsa y luchar contra la ocupación usando la violencia terrorista son contraproducentes para los palestinos. Está demostrado que cada vez que la espiral se inicia, son los propios palestinos quienes más muertos y heridos sufren. Sus líderes y algunos de sus jeques, que cuchillo en mano claman por derramar sangre israelí, son el caldo de cultivo idóneo para convencer a los jóvenes a perder sus vidas y, probablemente, destrozar también la de sus familias, castigadas posteriormente por Israel.

Al final, me quedo con el comentario que me hizo un buen amigo mío de Tel Aviv: “el contrato para alcanzar la paz está escrito hace años. De hecho ya lo dice constantemente el negociador palestino Saeb Erekat”. Y, en mayor o menor medida, le creo. Los temas candentes (fronteras, Jerusalén, refugiados, etc.) se han tratado mil y una veces en las múltiples rondas de negociaciones, y siempre han fracasado. Para retomar el proceso hay una hoja de ruta marcada, con un consenso internacional suficientemente amplio. Hace falta voluntad política y valentía de los líderes palestinos e israelíes, quienes para avanzar en el punto actual deberán ser aún más valientes y ganarse muchas enemistades para, algún día, intentar sellar un acuerdo viable y definitivo.

Con los que mandan hoy, es poco probable. Su grado de manipulación y maquiavelismo les ha llevado a límites insospechados recientemente. En un discurso que levantó muchas ampollas en Israel, Netanyahu culpó al muftí de Jerusalén –líder espiritual palestino- de ser el verdadero responsable del holocausto, al haber convencido a Hitler de exterminar a los judíos. La acusación supone una distorsionada y manipulada lectura de la historia, que prácticamente exculpaba al Führer de instigar la solución final. Una verdadera deshonra, sobre todo para los supervivientes de la Shoá que todavía viven en Israel.

Mahmoud Abbas tampoco se quedó corto. En línea con su caduco y distorsionado discurso, el rais palestino se dejó en evidencia al acusar a agentes israelíes de asesinar a sangre fría a un menor palestino de 13 años, responsable de un ataque con cuchillo. Al día siguiente, el gabinete israelí aclaró el asunto y mostró la imagen del pequeño recuperándose en el hospital Hadassah de Jerusalén que, por cierto, es uno de los tantos centros sanitarios dónde doctores árabes y judíos trabajan codo con codo. El discurso ambiguo de Abbas, que trata de tensar la cuerda y culpar a Israel de la escalda, está muy alejado de la realidad en las calles palestinas. El presidente palestino tiene ya 80 años y gobierna ilegítimamente la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Junto a su séquito personal, atesora fortunas millonarias (se atreve incluso a construir palacios a pocos quilómetros de campos de refugiados) y sigue sacando rédito de mantener la llama del conflicto viva.

EL ESPÍRITU DE RABIN Y ARAFAT

Celebrado el 20 aniversario del asesinato del ex-primer ministro de Israel Yitzaak Rabin –abatido a tiros por un extremista judío-, es preciso recordar el valiente papel que jugaron el entonces premier israelí y su homólogo palestino -y archienemigo en el pasado- Yasser Arafat. Como tantos en estos lares, sus currículums estaban manchados de sangre: Rabin fue general del ejército durante su juventud, y se le recuerda por exigir romper las piernas y los brazos de los muchachos palestinos que se sublevaron en la Primera Intifada de 1987. De Arafat no hace falta añadir mucho más: fue la cabeza visible de la resistencia armada palestina desde sus inicios. El ex rais palestino fue el responsable de múltiples ataques terroristas contra israelíes en Tierra Santa y en todo el mundo. Hasta los últimos días previos a su muerte, siempre se mantuvo con un fusil a mano, por si la vía pacífica que él mismo se aventuró a encabezar fracasaba.

Hace unas semanas, miles de israelíes marchaban en Tel Aviv e, incluso, se sumó Bill Clinton a añorar los años dorados del proceso de paz iniciado en Oslo en 1993. Los árabes palestinos eran conscientes de que el ex primer ministro israelí era “del enemigo”, pero valoran enormemente que, pese a las manifiestas discrepancias, Rabin y Arafat eran capaces de encerrarse durante horas y hablarse cara a cara.

Personalmente, creo firmemente que esa es la única vía para volver a intentar solucionar este conflicto, que actualmente está más enredado que nunca. Pero hay algo claro: por muchas campañas internacionales, boicots, resoluciones o manifiestos, no habrá solución (un estado binacional, dos estados, o lo que surja), sin que las partes implicadas se vuelvan a mirar a la cara con confianza y con disposición a hacer renuncias y granjearse profundas enemistades dentro de sus respectivas sociedades. Cada vez son más los que apoyan las vías extremistas, y su poder de acción y movilización es muy potente. En cualquiera de las soluciones, será imprescindible incluir también a Hamás y a la extrema derecha israelí. El único camino posible para volver a encarar el proceso de paz es hablar, hablar y hablar. De lo contrario, las armas (de cualquier tipo) seguirán sustituyendo a las palabras.

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