(II) HAIFA FLUYE

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De la serie “Tales from a strange land”

Tan solo poner el pie en Haifa noté frescura. Veníamos de días de extrema sequedad y calor, que ayudaron a propagar en un santiamén los incendios que arrasaron diversas áreas del país. Bajé del tren en la parada de Bat Galim, nombre del vecindario construido a escasos metros de la playa. Aquí el agua se ve limpia y bastante transparente, y el tayelet (paseo marítimo) me recordó al de mi querido El Masnou. Vista desde el litoral, Haifa impone: las verdes colinas se elevan prácticamente frente al mar. Recuerda a las postales de San Francisco o incluso Río de Janeiro, construidas entre montículos y empinadas avenidas. Saba (abuelo) Smhuel y safta (abuela) Adela descansan en paz aquí. Mi madre y mis hermanos nacimos en el barrio del Karmel. Mi sentimiento de pertenencia a Haifa es enorme e imborrable.

Vine de jueves a shabbat para unirme a un tour con otros periodistas para cubrir los daños causados por las llamas; estar con la calma con mi amigo Jonathan (“Yona”); y vibrar con el jolgorio del Hag Hahagim -la “fiesta de las fiestas”-, donde se unen alegremente la Navidad, el Hannukah y el Ramadán. Ésta última fiesta musulmana pasó hace meses, pero lo importante es festejar unidos:

–    “Por suerte, Jesús, Moisés y Mohamad jamás pasaron por aquí”, ironizaba Yonah                      Yahav -dicharachero alcalde de Haifa-, tratando de explicar el porqué de la                                fraternal convivencia entre tribus, un hecho insólito en Israel.

Yahav explicó breve y claro su mensaje: quisimos hacer sentir a los vecinos que estaban seguros y atendidos. La evacuación y hospedaje de los damnificados salió bien, se empezó a reconstruir 5 horas tras apagar el último foco de fuego y, sobretodo, reinó la normalidad. A diferencia de israelíes de otras regiones, medios de comunicación e, incluso, el propio primer ministro Netanyahu, que no dudaron en proclamar (sin pruebas sólidas) la “Intifada de los fuegos”, en Haifa, como de costumbre, se impuso la cordura. No se oyeron proclamas populistas. Mezquitas abrieron sus puertas para dar refugio y comida.  Son árabes, palestinos, israelíes, cristianos, musulmanes, judíos, drusos, ajmadíes. O rusos. Incluso los bahaíes, que tienen aquí su centralita mundial: un palacio de cúpula dorada con unos jardines en bajada espectaculares. Pero, en general, la mayoría dan por superadas las etiquetas que pretenden encasillarles.

En Haifa se invierte muchísimo en educación, y eso influye en todo. Nos sorprendió que apenas tocan el claxon, cuando por norma los israelíes adoran cagar a pitos al de enfrente por cualquier chorrada. Hay buses en shabbat –algo que, como judío secular, alabo-, las principales líneas tienen carril bus en el centro, el tráfico fluye. Es complicado agobiarse, todo va más tranquilo. Desde 1963, el neurálgico centro cultural Beit Ha’Gefen promueve el diálogo y la interacción intercultural en Haifa, y sus proyectos, con fuerte inversión municipal, ayudaron a  transformar Haifa en un símbolo para demostrar que la convivencia real, a pesar de todo, es posible. Aquí se habla de los traumas –shoá y nakba-, se reconocen rencores, errores pasados y miedos intrínsecos, pero miran hacia adelante. Viven en una tierra de conflictos, pero apuestan por quedar al margen (cuando pueden).

BUENO, BONITO, Y MÁS BARATO

Alquilar un piso en Tel Aviv es una misión suicida. El boom y la demanda son tan grandes e inagotables que propietarios e inmobiliarias hacen lo que les da la gana. La regulación brilla por su ausencia, y te pegan sablazos de 1.000 o más euros por vivir en auténticos hoyos, en ocasiones sin tan siquiera con las conexiones de los suministros en regla. Para más inri, en las visitas suelen haber largas colas de desesperados por agenciarse lo que sea, lo que hace que debas tomar la decisión más deprisa que al elegir un pedazo de pan. En nuestro caso, no tardé más de 2 minutos dar el sí a nuestra humilde pero encantadora morada.

Por eso me quedé de piedra al ver el apartamento de Yona: más de 120 metros cuadrados, 3 habitaciones, amplia cocina y baño, terraza…Construcción sencilla israelí, pero un verdadero lujo comparado a los estropicios de “la ciudad que nunca duerme”. Lo mejor, que es más barato. Y bien conectado: la línea de tren que atraviesa todo el país gira por las distintas paradas de la bahía de Haifa. Por descontado, no se respira el frenesí y la vida non-stop de Tel Aviv, pero hay lugares y experiencias igualmente enriquecedoras.

Yona tiene 28 años, y como casi todo israelí pasó 3 años en la mili. Estuvo destinado un periodo en la región de Nablus (Cisjordania), y se puede hablar de todo y todos con él. Se considera de izquierdas pero, a diferencia de muchos israelíes, no es excluyente. En su carrera de medicina estudian muchos palestinos: en Haifa –y más lugares-, son reconocidas las buenas manos de los árabes en éste terreno, y los hospitales suelen ser otro oasis de cooperación mixta. Yona es abierto de mente, encantador y muy inteligente. Va por el cuarto curso, y no le gusta ir a clases presenciales.
–  “Pierdo tiempo”, dice. “Prefiero quedarme aquí, estudiando en pijama”. No es                            que sea un vago, simplemente es muy casero y se las apaña solito.
–   “Menuda faena”, pensé al levantar uno de los tochos que empolla a diario.

TOP CHEF

Tuve el enorme placer de encontrarme con la dra. Nof Atamina Ismaeel, ganadora de la edición israelí de Top Chef en 2014. Estuvimos en el restaurante “Hummus Abu Maroon”, en el barrio de Wadi Nisnas, centro neurálgico del downtown de Haifa. Ismaeel me contó acerca de la ruta gastronómica organizada para el “Hag Hahagim”: en esta edición, pretendían internacionalizar el hummus, así que hicieron recetas al estilo griego o yanqui, entre otras. Yo probé éste último. Y menuda exquisitez: el plato de crema de garbanzo estaba coronado con carne de costillar desmenuzada, con un toque de cebolla crujiente para remacharlo. Sin palabras. Ismaeel habló de los orígenes de su cocina, inspirada en los antiguos platos de la región del Levante mediterráneo. Junto a chefs judíos y árabes, tratan de revivir antiguos manjares y cruzar fronteras que las personas no logran traspasar. Así, importan sus recetas al Líbano y Siria. Se la ve una mejor fuerte, capaz y atrevida. Y amante de la buena cocina.

Pasamos viernes y shabbat recorriendo la ciudad y disfrutando de la colorida vida callejera que se vive durante la “fiesta de las fiestas”. Gentes de toda clase –con calma y buen humor- abarrotaron Wadi Nisnas, barrio engalanado con toda suerte de luces navideñas, pancartas fraternales y símbolos de convivencia. Música a todo trapo, bailes orientales, percusión, humeantes barbacoas e, incluso, una procesión del Santa Claus local, que se empeñó en gastar la misma tripa que el original. Me cautivó una joven artista árabe cristiana, desmelenada e imponente, hablando de su obra oriental, feminista y rupturista. O la plaza llena hasta los topes de gente moviendo las caderas bajo el sol a ritmo de electro
swing.

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