(V) FLORENTINE: EL VIEJO-NUEVO SUR DE TEL AVIV

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De la serie “Tales from a strange land”

“¡Esto parece el Bronx!”, bromeaban por teléfono los padres de Georgi al ver un retrato mío con nuestra nueva calle –más bien callejón- de fondo.  Es Tsrifin: un lúgubre pero rejuvenecido “pasillo” en la zona de las casas viejas de Florentine, el barrio hípster pero todavía añejo al sur de Tel Aviv. No teníamos ni idea, pero nuestra estrecha calle peatonal, copada por unas pocas sencillas viviendas que en el pasado fueron almacenes de artesanos de aluminio y madera, se ha reconvertido en un epicentro guiri por excelencia. De hecho, me contaron que ya aparece en guías viajeras de referencia como “Lonely Planet”. Aquí dejan huella grafiteros y artistas urbanos, que aleatoriamente aparecen con botes de spray y esbozan alguna colorida genialidad o cuelgan un cuadro o un viejo skateboard donde se les antoja. En mi primer shabbat, me animé a destrozar unos palés para reconvertirlos en estanterías ante la puerta de entrada a nuestro pequeño palacio, y en cuestión de segundos apareció un enorme grupo de fotógrafos principiantes, que empezaron a retratarme cual animal exótico en el zoo. “¡Uau, un hípster aporreando madera”!, debían pensar mientras quemaban el disparador de sus cámaras. También me he cruzado recurrentemente con grupos rodando clips de publicidad o bailes urbanos varios.

Pero Izaak, mi vecino yanqui –que llegó a rehov Tsrifin 11 años atrás y es el más veterano del lugar- me contó que antes no todo era tan cool. El barrio de Florentine era conocido como el verdadero Bronx. Según Izaak, aquí corría la creme de la calaña local. Ya saben: putas, drogas, indigentes y demás ingredientes habituales de las zonas bajas de cualquier gran urbe. Cuando me hospedé aquí por primera vez con mi buen amigo Oliver cuando vinimos a explorar Tierra Santa en 2012, Florentine y sus aledaños desprendían exactamente eso. Un lugar destartalado, viejuno y esperpéntico. Pero al asomarnos por la calle Chaim Vital ya empezamos a oler que algo se movía en el ambiente. Ya había empezado el fenómeno conocido en tantas capitales europeas como la gentrificación. O en lenguaje llano, la llegada en masa de jóvenes urbanitas que ponen de moda un barrio degradado, convirtiéndolo en un paraíso de bares molones, galerías, chiringos veganos y, sobretodo, infinidad de tiendas de artilugios para mascotas. Todo ello acompañado de una inhumana burbuja inmobiliaria, que alza por las nubes los precios de la vivienda, aunque se trate de verdaderos antros que especuladores sin escrúpulos “subastan” al mejor postor. Torres de apartamentos sofisticados de obra nueva conviven ahora con los ruinosos edificios y antiguas casas de una planta, panorama habitual del sur de Tel Aviv.

Mi vecino Izaak y los artesanos de la madera que todavía sobreviven en el “sector sur” de Tsrifin representan a la old school de Florentine. Cumplen con el perfil del típico currante del aluminio o la madera; chatarreros que deambulan con carritos a reventar; pilotos de sidecares caseros construidos sobre estructuras de bicis; o simples supervisores del día a día, verdaderas instituciones del barrio que se empotran en las más concurridas esquinas a ver pasar la vida ante sus ojos, sin más.

Izaak vive en un verdadero hoyo. Es frío, sucio y falto de las infraestructuras básicas para vivir dignamente. Colecciona –o amontona- arte y chatarra, da de comer a una panda de obesos gatos callejeros, deambula con su flamante bici eléctrica, y se pone ciego a cualquier hora del día, solo o acompañado, fumando intenso hachís en una desgastada pipa de agua. En la pared detrás del derruido sofá marrón donde inhala la pipa de la paz cuelgan pinturas con reminiscencias a la tradición judía o al mismo Muro de las Lamentaciones, así como retratos de prominentes rabinos y ex primeros ministros de Israel, tales como Menachem Begin o Itzaak Rabin. Cuando fui a pedirle una herramienta y me encontré a un colega suyo de tez morena –mizrahí, o judío oriental- ataviado con kipá y una frondosa barba oscura fumando hondas caladas de aquella humeante sustancia marrón, corroboré que todavía me queda mucho por ver por estos lares.

Mi radio de acción en Florentine está situado en el eje que forman las calles Abarbanel y la propia Florentine, que cruza el barrio de este a oeste. Las paredes y las puertas metálicas de los negocios están decoradas con contemporáneos y vistosos grafitis, así como indescifrables mensajes de protesta, o vete tú a saber. A todas horas deambulan gentes de pelos coloridos o rastas y vestimentas molonas; jóvenes cargando instrumentos rumbo a “Papaito” –un lugar con locales de ensayo, bar y sala de directo muy bien equipado-; o grupos de decenas de escolares o asombrados turistas, que no dejan ninguna pintada sin retratar. Mi rincón favorito es el pequeño local “Café Piná” (café esquina): un chiringuito callejero de apenas cinco metros cuadrados, dónde risueños jóvenes preparan el mejor café y sabrosos y equilibrados sándwiches, galletas y pastelitos.

El chico que me prepara el café casi cada tarde me resolvió un verdadero problema existencial. En Israel, por norma, no existe el formato de café cortado. O más popularmente conocido como macchiato a nivel mundial. Es decir, un expreso con un dedo de leche para coronarlo. Lo más parecido aquí viene a ser un afuj katán, que en nuestro lenguaje vendría a ser un cappuccino. Un barreño de leche con mucha espuma, vamos. Mi sorpresa llegó cuando le pregunté cómo podía resolver mi personal viacrucis y así lograr que me sirvieran el café a mi gusto. Su respuesta fue clara y tajante: “¡one cortado!”. Si, en “Café Piná” saben dónde comprar el buen grano y cómo preparar ésta bebida, y aprenden nomenclaturas y técnicas de otros países. Justo acaban de abrir una nueva sucursal en la popular calle Nachlat Binyamin, que justamente han apodado “El Cortado”. Les va de maravilla, y fidelizan a la clientela con tarjetas dónde marcan cada consumición que tomas. A la décima, toca café gratis.

Frente a éste establecimiento hay un taller de bicis con incesante tráfico de gente – es un pilar básico usado por miles para moverse por la intransitable Tel Aviv-, y unos pasos más arriba el pizza&bar Abarbanel, dónde un tipo empanado de enormes rastas negras prepara unos cachos de pizza sabrosísimos. Masa fina, buen tomate y un ingrediente principal. La de peperoni, un must. En la esquina de enfrente está el mítico bar “Hoodna”, un local con fama en la ciudad. De día parece un taller sin actividad, con puertas, ventanas y vallas metálicas cerradas; al anochecer, se torna en un acogedor bar con buen ambiente y música en directo prácticamente a diario. Vale la pena acudir en la happy hour  -de 7 a 9-, ya que hay 2×1 en cerveza. Venir en otra franja es prohibitivo: la birra en cualquier garito de Tel Aviv ronda los 25 shekels (¡unos 6 euros!). Si, la vida es tremendamente cara aquí. Pero también ganan más: lo habitual es ser un dosmileurista.

En la esquina de Abarbanel con la calle Florentine tengo una simpática sinagoga –frecuentada habitualmente por judíos franceses- y una tienda 24 horas, que acostumbra a sacarme de apuros. El dependiente matinal, un joven judío mulato (de origen etíope) siempre me saluda y sonríe, tenemos muy buena onda. En cada compra, me apunta en un ticket de caja una nueva recomendación de música israelí. Así he ido conociendo bandas de negros locales como Café Shajor Hazak (café negro fuerte) o KGC, que practican melodías que combinan una especie de hip-hop popular con dejes orientales y poperos bastante pegadizas. Curiosamente, frente a la caja registradora hay expuestos montones de pipas, grinders y demás artículos de fumadores de hierba. Y es que Florentine parece más bien una Little Amsterdam: el personal fuma canutos por la calle y hasta dentro de los pubs bebiendo pintas de cerveza y viendo la liga española. Los porros son ilegales en Israel, pero en la burbuja de Tel Aviv parece que se auto legalizaron hace varios años. De hecho, recientemente el gobierno de Bibi aprobó una ley para despenalizar –solo un poco- el consumo o tenencia doméstica de marihuana, de modo que la cosa quedará, en principio, en pequeñas multas económicas en caso de ser pillado por la policía.

Frente a la tienda de 24 horas hay un negocio de rayos UVA dónde cada tarde se agrupan decenas de fornidos gays a comentar la jugada mientras esperan su turno para broncearse cual CR7; una heladería y una crepería dónde los muchachos que sirven suelen ir con el puntillo de alcohol; un acogedor bar restaurante habitualmente lleno hasta la bandera de tranquilos lugareños; unas cuatro tiendas de mascotas concentradas en no más de seis manzanas; y lo más importante, una humusiá. Y menuda. En “Hummus Beit Lehem” no paran desde que abren la persiana a primera hora de la mañana. Incesantemente, individuos y grupos acuden a cualquier hora del día a por su ración diaria de crema de garbanzo, que aquí la sirven en todas sus conocidas variantes como el hummus ful, la masabaha o el meshulash. Procuraré contar más sobre las modalidades de éste tradicional y barato manjar popular, pero lo importante es que tengo dicho establecimiento a apenas un minuto de mi hogar, por lo que puedo comer hummus hasta en zapatillas de andar por casa.

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