MUJERES: HAY MUCHO POR LO QUE LUCHAR

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8M

 

Ofer Laszewicki Rubin – Tel Aviv

Hace exactamente un año conmemoraba el día de la mujer sentado en un pupitre de una pequeña academia de hebreo en Florentine, al sur de Tel Aviv. Para mejorar la fluidez oral de los alumnos, la profe nos animaba a tratar temas de actualidad, así que propuso que improvisáramos un debate sobre los derechos de la mujer. “Quien crea que es importante reivindicar el día de la mujer, que levante la mano”, espetó Raz, la maestra.

Tan solo Lesly –una joven hondureña- y un servidor alzamos el dedo índice. Para el resto de la clase, mayoritariamente mujeres, el asunto no era relevante. Jóvenes y no tan jóvenes de Suiza, Alemania, Brasil o Bielorrusia, aspirantes a médicas o ejecutivas, alegaban que se trataba de una reivindicación magnificada. Incluso una aseveró que “es como otro día de San Valentín, programado para incentivar el consumismo”. Ese día regresé indignado a casa. Me percaté de que no solo los hombres, sino también muchas mujeres, no son conscientes –o no quieren serlo- de lo que sucede a su alrededor.

De igual modo que el racismo, considero que el machismo debe ser retratado y combatido contando historias cercanas -con nombres y apellidos- que puedan despertar, para empezar, unas cuantas conciencias a nuestro alrededor. Mis compañeras de “Ulpan” estaban equivocadas: la desigualdad, el abuso y la violencia contra la mujer están a la orden del día en Israel, Palestina, España, Argentina o Senegal.

Poco después de instalarnos en Tel Aviv, me apunté a “Krav-Magá”, una técnica de autodefensa personal que mezcla técnicas de las artes marciales tradicionales con otros trucos para poder salvarte el pellejo en situaciones de peligro. Como periodista o viajero, a veces puedes encontrarte en lugares incómodos, nunca se sabe.  Mi primera sorpresa fue que dos tercios del grupo eran mujeres. Hablando con ellas, siempre surgía el mismo denominador común: querían sentirse fuertes, seguras y protegidas, después de haber sufrido intentos de abusos sexuales en la calle o tras oír terribles historias de amigas y familiares. Aquí aprenden a dar un codazo o un patadón en los huevos a tiempo en caso de que un depredador o una “manada” pretendan violarlas. Ante la flagrante impunidad, aplaudo que estas chicas opten por aprender a defenderse por sí mismas. Pero esto es tan solo un parche: la justicia y la protección deberían llegar, en primer lugar, por parte de las autoridades y de las sociedades en su conjunto, de las cuales espero y deseo que a partir de este 8-M del 2018 hagan un “clic” mental.

Las redes sociales arden con las reivindicaciones de ellas: por la igualdad salarial, por el fin del abuso sexual en el trabajo, respeto por el periodo de maternidad…En general, creo que son injusticias que se producen globalmente. Pero, además, deben añadirse las desigualdades específicas de cada sociedad. En Israel, por ejemplo, mujeres pertenecientes a diferentes credos o etnias padecen sus discriminaciones particulares. Las haredíes –o ultraortodoxas-, no solo cargan con ser el pilar doméstico que sustenta familias de 8 hijos de media, sino que además son, en muchos casos, las que traen los “shekels” a casa. El 75% de mujeres haredíes trabajan, frente a un 50% de los hombres. La mitad de éstos se encargan en exclusiva de estudiar intensamente los textos sagrados “para ser los guías” de la familia, así me lo explicaron ciertos rabinos durante un extenso reportaje que escribí. En el seno de estas comunidades, muchos espacios públicos y de rezo están totalmente segregados. En los buses que circulan en Beit Shemesh o Mea Shearim, las mujeres se sienten en la parte de atrás. Incluso “hombres de negro” han llegado a reclamar en vuelos de la compañía nacional “El-al” que les movieran a las mujeres del asiento de al lado, no vaya a ser que se contaminen de su impureza.

En el “Kotel” –o Muro de las Lamentaciones-, un grupo de judías israelíes y de la diáspora lleva años peleando por poder acceder con sus pergaminos y leerlos, cantar, bailar y rezar a su aire. Básicamente, como hacen los hombres a escasos metros de ellas separados por una valla. Pero el “rabinato” se lo impide. Ellas no deben ser tan puras como para poder leer la Torá en el lugar más sagrado del judaísmo. Como de costumbre, el hombre tiene la última palabra.

También hay violencias en la sociedad laica o “secular”. Son incontables los casos de denuncias de mujeres en grupos de Facebook sobre abusos sexuales cometidos por taxistas tras regresar de una noche de juerga “telavivi”. O de jóvenes soldadas que sufrieron acoso por parte de algún superior durante su servicio militar. También aquí conocidas periodistas cuentan la repugnante actitud de ciertas fuentes o jefes de redacción, que pretendían disfrutar de un favorcillo sexual a cambio de un “leak” o un aumento de sueldo. O una de las cosas que más detesto y no logro comprender: los “piropos” que lanzan grupos de machos alfa reunidos, que en un subidón de testosterona se envalentonan a increpar a las hembras que pasan por su alrededor. Ésta es una actitud que tan solo pretende reforzar esa innata superioridad del macho, ya que dudo mucho que alguien logre ligar mediante dicho método.

Las mujeres árabes son víctimas de una sociedad férreamente patriarcal. Recuerdo la anécdota de un joven activista norteamericano: “estuvimos acampados varios meses en Susiya, un aldea palestina bajo constante amenaza de demolición y expulsión. Tras un almuerzo colectivo, me levanté para ayudar a fregar los platos a las mujeres. De inmediato, un tipo me agarró del brazo y me detuvo. Me dijo que si me ponía a limpiar a ellos se les acababa el chollo, así que me retuvieron a tomar el café”. Es cierto que hay muchachas árabes en Israel y los territorios palestinos que estudian carreras universitarias o exponen sus creaciones artísticas en galerías y museos, pero la vasta mayoría siguen “presas” en sus hogares, en muchos casos obligadas a renunciar a sus sueños o aspiraciones profesionales para sustentar a la familia.

En aquel debate en la academia de hebreo conté al resto de la clase que las violencias contra las mujeres ocurren a escasos metros de donde nos encontramos, no únicamente en países lejanos. Basta con salir a dar un rodeo por Neve Shanan, barrio al sur de Tel Aviv donde se concentran la mayoría de refugiadas de Eritrea o Sudán. Ellas, además de vivir sin papeles y atemorizadas, también dan a luz y sostienen a sus críos afrontando toda clase de penurias. Creo que este 8-M la voz de las mujeres que salen a la calle debe ser escuchada, respetada y tomada en cuenta. Porque no se trata de un mito o una ideología radical subversiva, sino de una cruda realidad que afecta a nuestras amigas, novias, madres, hijas y abuelas. Hoy –y el resto del año-, estoy con vosotras.

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