Terrorismo en Latinoamérica: “la amenaza que se ve principalmente es de Hezbolá

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Post thumbnailEli Karmon, en su despacho de la universidad IDC de Herzliya. / Foto: Ofer Laszewicki
Eli Karmon es profesor e investigador en la Universidad “Interdisciplinary Center Herzliya” (IDC). Sus clases magistrales y análisis se centran en cuestiones de seguridad, defensa, estrategia y terrorismo internacional. Karmon recibió a Aurora en una soleada tarde en los jardines de la facultad para analizar la presencia de organizaciones terroristas islamistas en Latinoamérica, poniendo especial énfasis en Hezbolá –grupo chiita libanés patrocinado por Irán-, muy arraigado en el continente. Además, Karmon habló de otros detalles históricos para comprender el auge y la expansión del fenómeno terrorista en la región.

Ofer Laszewicki Rubin – Tel Aviv

¿Cuáles son los grupos terroristas que operan en el “Triángulo de fronteras” (Colombia, Brasil y Perú)?

Hablamos solamente de Hezbolá, que tiene una presencia de 20 o 30 años, y que se basa sobre la comunidad chiita libanesa: una comunidad grande, rica y fuerte políticamente. Dentro de esta comunidad, Hezbolá logró durante los años reclutar a gente favorable a la organización, tanto en el plano de financiamiento como en la actividad operacional.

¿Además de la presencia de libaneses, hay otros factores que explican la expansión de la actividad terrorista en la región?

Después de las investigaciones de 2002, cuando hubo el primer arresto de Ahmed Barakat, el líder de este grupo, se descubrió que toda la infraestructura de Hezbolá estaba basada no solamente sobre la comunidad chiita libanesa del “Triángulo”, sino también en las comunidades que están ubicadas en zonas de libre comercio: Iquique en Chile, Isla Margarita y Maracaibo en Venezuela, en Colombia y, por supuesto, en la triple frontera. Estos territorios son propicios al contrabando, no solo de narcóticos o de materiales que se pueden vender mejor, sino también para el tráfico de armas y la acción terrorista.

Buenos Aires sufrió dos trágicos atentados: el de la embajada de Israel en 1992, que dejó 22 víctimas; y el de la AMIA (Asociación Mutual Argentina Israelita), que dejó 85 muertos en 1994. ¿Reaccionaron adecuadamente los servicios de seguridad argentinos y latinoamericanos, considera que aprendieron de aquella lección?

Hasta el 11-S se sabía de esta actividad, principalmente después de los grandes atentados en Buenos Aires, que fueron los más grandes no solo en la historia de Argentina, sino en toda Latinoamérica. Pero la voluntad política era casi inexistente. Después del 11-S, tanto por presión de EE.UU. y también por el cambio de mentalidad de los gobiernos locales, hubo la primera acción grande contra Hezbolá en 2002, con el arresto de decenas de personas y la expulsión de otras decenas. Por ejemplo, en Iquique expulsaron a 200 libaneses chiitas sospechosos de actividades ilegales, y después vino la extradición de Brasil de Ahmed Barakat, del jefe de esta infraestructura, que fue juzgado en Paraguay. Pero fue juzgado no por terrorismo, sino por lavado de dinero.

¿Quiénes son las potencias detrás de la financiación terrorista, y cuál es su relación con los carteles locales de narcotráfico?

Hay varios métodos de financiación. Uno es evidentemente la ayuda directa de Irán, a través de las Guardias Revolucionarias islamistas, también activas en la región, y el ministerio de inteligencia iraní, que usa los servicios de Hezbolá. Otra vía es la autofinanciación: por una parte, gracias al apoyo de estos libaneses chiitas, una parte de los cuales son obviamente simpatizantes de Hezbolá, pero hay también muchos que están bajo presión. En 2002 se demostró que esta infraestructura de Barakat mandó 50 millones de dólares en algunos años a Hezbolá, y Barakat recibió una carta del jefe de la organización, Hassan Nasrallah, por los servicios prestados.

Después hay una infraestructura económica paralela: por ejemplo, contrabando de discos, de varias mercancías, y también cooperación con grupos de narcotraficantes locales en la triple frontera.

“Lo reconoces al verlo, pero es difícil llegar a una definición aceptada universalmente”, afirmó el académico estadounidense Christopher Joyner, refiriéndose al fenómeno terrorista en la región. En América latina hay puntos de vista discrepantes respecto a la definición de que es terrorismo.

Evidentemente es problemático. Por ejemplo, en Brasil no había una ley contra el terrorismo. Durante el gobierno de Lula, que era un gobierno muy de izquierdas, muchos ex guerrilleros fueron recibidos como héroes. Yo personalmente vi una exposición en Sao Paolo en memoria de Carlos Marighella, el estratega latino más importante, más que el Che Guevara tal vez, en la promoción del terrorismo internacional.

Hubo un cambio en Brasil desde hace algunos años, y también en Argentina. Por ejemplo, el señor Luis Jesús Marto, que es el coordinador nacional argentino en lucha contra lavado de dinero y terrorismo, propuso unas semanas atrás una nueva ley que decide sobre una lista de organizaciones terroristas, similar a las que existen ya en Europa, EE.UU. o Canadá. Hezbolá debería ser el primer grupo en esta lista.

¿Se hace lo suficiente a nivel legislativo para frenar la expansión de la actividad terrorista en la región?

Ocurre el mismo problema en muchos países. Estuve hace 3 o 4 años en Chile para dar conferencias, y justo en ese momento hubo algunas acciones con explosivos en el metro de Santiago de Chile. Probablemente a cargo de organización mapuche, que son grupos indígenas autóctonos, y la gran discusión tanto en el cuadro político como en las organizaciones de policía y seguridad era cual sería la ley que podía ser utilizada para tratar ese problema, que en esa época era un serio problema político y operacional.

¿Cuál es la implicación de las fuerzas de seguridad israelíes y sus servicios secretos en Latinoamérica?

Israel tiene dos intereses: en primer lugar, defender sus intereses diplomáticos y económicos en este continente. Latinoamérica fue siempre muy favorable sobre el plano político desde la independencia de Israel. Pero también preocupa la seguridad de las comunidades judías: la más grande está en Argentina, pero también las hay en Brasil, Chile, Venezuela, un poco también Perú… Cuando hubo los grandes atentados en Buenos Aires, hubo inmediatamente una cooperación muy estrecha con los servicios argentinos, principalmente con los servicios de inteligencia. Todo esto es sabido y fue publicado.

Pero en esta época hubo también un problema de cooperación de parte de las autoridades argentinas, principalmente el primer juez involucrado en esta investigación, que hizo muchos errores. Hubo un poco de corrupción en la policía, hubo arrestos de personas pero que no eran los terroristas que cometieron los ataques.  Hay cooperación, pero depende mucho de las capacidades de los servicios de seguridad locales y de la voluntad política.

Pero también podemos apreciar que no conocen bien el Medio Oriente, no conocen la actividad de estos grupos. Después del atentado de la AMIA, la mayoría de los gobiernos, principalmente Argentina, Brasil y Chile, desarrollaron una actividad mucho más importante de inteligencia, y creo que tienen más experiencia y más capacidades hoy que 20 años atrás.

Eli Karmon, en los jardines de la universidad IDC de Herzliya. / Foto: Ofer Laszewicki

Habitualmente imparte conferencias en Latinoamérica y está en contacto con miembros de las comunidades judías. ¿Notó especial preocupación por la amenaza terrorista, visto el aumento de los ataques perpetrados por los denominados “lobos solitarios” que han golpeado las capitales europeas?

Durante todas mis visitas hubo contactos con varias comunidades judías. Después de los atentados hubo, principalmente en Argentina, una influencia psicológica, que afectó a las relaciones entre la comunidad y gobierno argentino. Felizmente no hay en Latinoamérica todavía la actividad de los grupos yihadistas sunitas, tal vez un poco en Trinidad y Tobago, pero hasta hoy por lo menos sabemos de muy pocos terroristas latinoamericanos que se fueron a lucha a Siria e Irak.

La amenaza que se ve principalmente es de Hezbolá e Irán, se sabe que la actividad de Irán y Hezbolá continúa. Vemos en Argentina por ejemplo manifestaciones muy importantes de organizaciones de extrema izquierda, como “Quebracho”, de la cual se sabe tras la investigación del fiscal Nisman y de las últimas investigaciones de la justicia argentina, que el jefe de este grupo era un agente de los iraníes. La sensibilidad de las comunidades judías es influenciada por la historia de esta actividad y por las amenazas que se leen cada día tal vez en los diarios o la televisión.

Reportaje publicado en Aurora:

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