Netanyahu acaricia la reelección en Israel

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Pese a la irrupción del partido de los generales y las acusaciones de corrupción tras 13 años en el poder, el primer ministro remonta en las encuestas y aspira a reeditar una coalición con los ultras.

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Un cartel electoral con la imagen de Netanyahu en el centro junto a la de otros candidatos, en una calle de Jerusalén / Reuters

Ofer Laszewicki Rubin 

La mayoría de analistas y electores coinciden. Las elecciones en Israel del próximo martes tienen todos los focos puestos en una cuestión esencial: la continuación del mandato del actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, que acumula diez años consecutivos en el poder –13 en total– o la apuesta por la alternativa que ofrece el partido de los generales Kajol Lavan (Azul y Blanco) del ex jefe del Ejército Benny Gantz.

Un buen termómetro para medir la agresividad de la campaña son los vídeos electorales en las redes sociales. En la víspera del «Shabat» (día del descanso), Netanyahu aparecía serio en un mensaje para arengar a los suyos: «El Gobierno de la derecha está en peligro. Gantz y Lapid (socio de coalición del ex general) sobrepasan al Likud en unos 4 ó 5 escaños, y pretenden levantar un gobierno de izquierda. No es una imaginación: partidos afines reconocen que ya están en negociaciones. Ayman Odeh –del partido árabe Hadash– dijo que daría su apoyo a Azul y Blanco». Como ya hizo en 2015 para ganar los comicios in extremis, Netanyahu vuelve a recurrir a la incitación contra los árabes de Israel.

A su vez, el actual «premier» alertó de los peligros que supondría para Israel el fin de su carrera, que sirven para entender la ideología del partido mayoritario en la derecha israelí: «Cuando en 1992 la derecha se quedó en casa, Rabin levantó un Gobierno de izquierdas y trajo la pesadilla de los Acuerdos de Oslo. En 1999, un Gobierno de generales liderado por Barak conllevó la Segunda Intifada, que dejó más de mil israelíes muertos». Y concluyó: «Hay peligro, pero todavía no es demasiado tarde. Ellos tienen a la Prensa, el Likud os tiene a vosotros». En resumen: un no rotundo a retomar las negociaciones de paz o la eventual creación de un estado palestino.

Como explicó en una reciente entrevista televisiva en el canal 13, Netanyahu, en su última conversación con Trump, le dijo «que no habrá ningún israelí evacuado de los asentamientos, e Israel seguirá controlando todo el territorio al oeste del río Jordán». En esencia, garantizar la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén Este, donde se estima que ya viven unos 600.000 israelíes en el territorio que los palestinos reclaman para su hipotético futuro estado.

A su favor, los seguidores del Likud presumen de una situación que consideran inmejorable de Israel en el mapa internacional, escenificado con el reciente reconocimiento de la Administración Trump de la soberanía sobre los Altos del Golán, la llegada de Bolsonaro a Jerusalén, los vínculos con la derecha populista europea o las buenas relaciones con Vladimir Putin. La derecha del Likud también hace gala de una economía fuerte en términos macroeconómicos y de ser el mejor garante para la seguridad del país, probablemente el principal factor que hace decantar el voto.

Si bien desde que general Gantz anunció su candidatura las encuestas lo han situado en primera posición en intención de voto, los últimos sondeos apuntan a que Netanyahu lograría revalidar su coalición gubernamental, con el apoyo de partidos más a la derecha del Likud y religiosos ultraortodoxos. En un parlamento de 120 diputados, las encuestas del pasado viernes otorgan tanto a Netanyahu como a Gantz alrededor de 30 escaños, y la atomización predice que se formará un parlamento con doce formaciones distintas.

La estrategia de la recién creada coalición de los generales se centra en la experiencia militar: en el primer vídeo, el partido de Gantz alardeaba de los centenares de «terroristas aniquilados» durante la última guerra de Gaza en 2014. Por otro lado, publicaba mensajes más conciliadores –«no es una vergüenza hacer renuncias por la paz»–, junto a imágenes de Begin y Sadat firmando la paz entre Egipto e Israel en 1979.

La propuesta de Gantz parece ser mano dura contra el terror y devolver la calma a las poblaciones del sur de Israel afectadas por los misiles lanzados desde Gaza, pero a su vez una apuesta por la diplomacia para buscar vías de acuerdo que logren terminar la tensa situación en el límite entre Israel y la franja costera. No obstante, los críticos de la coalición Azul y Blanco le achacan ambigüedad ideológica e inexperiencia política, y el Likud ataca a Gantz por presuntos problemas mentales del pasado, fracasos en sus negocios el pinchazo iraní de su teléfono.

En el último año se han vivido protestas semanales palestinas junto a la verja fronteriza, que han costado cerca de 200 muertos por fuego israelí y miles de heridos, y continuos lanzamientos de proyectiles y globos incendiarios por parte de Hamas y otros grupos terroristas, que estuvieron a punto de culminar en una nueva guerra cuando dos cohetes alcanzaron Tel Aviv.

Los detractores de Netanyahu, tanto en el centro izquierda como los partidos minoritarios de extrema derecha, acusan al «premier» de tibieza, de haber permitido que Hamas dicte los tiempos del conflicto, y de permitir los pagos de millones de dólares cataríes a los islamistas. A su vez, sus opositores alegan que ha puesto en peligro las instituciones democráticas del país, que promueve el odio y la división entre los israelíes y de perjudicar las relaciones con comunidades de la diáspora judía, por discrepancias sobre el monopolio del sector ultraortodoxo en las cuestiones vinculadas a la religión en el Estado judío.

Pero ni sus debilidades ni las tres imputaciones sobre Netanyahu del fiscal general del Estado en distintos casos de corrupción parecen haber menguado el apoyo del tradicionalmente fiel electorado del Likud, que sigue clamando: «¡Sólo Bibi!», como se le conoce.

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