La tajaná merkazit: una “bestia” de hormigón que alteró para siempre el sur de Tel Aviv

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Es conocida como “La Bestia”. La estación central de autobuses del sur de Tel Aviv es, probablemente, uno de las construcciones arquitectónicas más controvertidas, costosas, cargadas de prejuicios y, sobretodo, con los secretos desconocidos y más bizarros que existen en Israel. En el imaginario colectivo israelí, la tajaná merkazit –por su nombre en hebreo-, es un lugar degradado y marginal, que es preferible evitar, y que en caso de que sea necesario acceder, lo mejor es encontrar una salida lo más rápido posible.

Ubicada en el corazón del barrio de Neve Shanán en el sur de la ciudad, cuando uno se acerca a la gigantesca construcción se palpa al instante la peculiaridad y las problemáticas del lugar: el olor a orín colapsa el ambiente; el tráfico de buses y taxis compartidos acarrea polución, gritos y bocinazos; borrachos, drogadictos y narcos pululan impunes y mercadean a plena luz del día ante la dejadez policial; y viajeros y turistas huyen despavoridos de un escenario a priori poco agradable. Pero lo mejor –o peor- de la caja de sorpresas se esconde en “la barriga de la Bestia”, como la describen quienes mejor la conocen.

En una soleada, húmeda y pegajosa tarde de julio, una veintena de jóvenes esperan frente a la entrada “41” la llegada de Heela Harel, guía turística de la agrupación CTLV tours, que ofrece paseos alternativos por los barrios bajos de Tel Aviv, los que quedan fuera de los focos. Sobre nuestras cabezas se alza una imperial rampa de hormigón: por aquí suben los autobuses que entran a la ciudad y alcanzan la sexta planta de la edificación. Desde fuera, la tajaná luce como una enorme estructura de cemento, con laberínticas rampas que se extienden por el barrio, y que alteraron para siempre el urbanismo y la vida social del lugar.

Corrían los años 60. Israel, con escasos años de vida, era un joven y pobre estado, sumergido en constantes guerras por su supervivencia, y donde prácticamente todo –en especial las infraestructuras- estaba por construir. Se afrontaban incontables dificultades, pero también se abría un mundo de oportunidades. Así lo percibió Ram Karmi, el arquitecto del proyecto: en un país que entonces apenas tenía 2,3 millones de ciudadanos, el entonces joven de 32 años, inspirado por la tendencia arquitectónica “brutalista” que apostaba por levantar mega estructuras, diseñó una moderna estación por la que preveía que pasarían un millón de personas al día. Actualmente, sigue siendo la segunda estación de autobuses más grande del mundo, a pesar de ser un país de poco más de 9 millones de habitantes.

No en vano, cuando uno entra por alguno de los incontables accesos se hace extremadamente difícil encontrar una rápida salida. Karmi construyó un laberinto, inspirado en las callejuelas del zoco de un casco antiguo, donde la gente se “perdiera” y pasara el tiempo, consumiendo y disfrutando de un sinfín de actividades de ocio. Este enclave, que hoy luce en su mayoría oscuro, mugriento, sucio y apestoso, estaba llamado a ser el nuevo y moderno centro de vida de Israel.

Por aquel entonces, el estado judío se regía por una economía socialista rígida, y toda edificación pública era administrada por el gobierno. E aquí otro de los elementos diferenciales: el propietario de las tierras donde se edificó la estación, Arieh Piltz, sugirió al ayuntamiento la idea de privatizar el lugar, y su propuesta fue aceptada. Esto lo cambió todo: cuando Harel empezó sus explicaciones tras pasar el laxo control de seguridad de la puerta 41, abrió un libro con los esbozos iniciales del proyecto. El arquitecto preveía que el tráfico de buses quedara bajo tierra, dejando así el espacio visible para un vistoso parque y algunos comercios.

Pero Piltz lo rechazó: pretendía añadir más y más espacios comerciales para vender parcelas y obtener más beneficios. A los 10 años de construcción del proyecto, estalló la guerra de Yom Kippur de 1973, que supuso un brutal colapso psicológico, económico y social para Israel. El esqueleto del edificio ya estaba construido, pero la compañía constructora entró en bancarrota y se detuvieron los trabajos. Esto supuso una verdadera ruina para cientos de pequeños inversores, que animados por el cuento de Piltz, invirtieron altas sumas de dinero en locales comerciales, muchos de los cuales jamás abrieron sus puertas.

Tras diez años en standby, otro magnate, Yona Mordechai, compró el espacio por 5 millones de dólares, pero no con alma caritativa: logró firmar un truco legal para declarar “inútiles” las plantas 1 y 2 –donde se encontraban los locales de los fracasados inversores-, para así añadir otras dos plantas y poder construir otros cientos de locales comerciales.

Finalmente, llegó el gran día: “26 años después del inicio de las obras, la estación central de buses de Tel Aviv abrirá hoy a las 5 de la mañana. Se espera que unos 5.000 buses y unas 150.000 personas pasarán a diario por el lugar”, informó en 1993 la reportera de Haaretz Revital Bracha. “Si se materializa el plan, 1.500 tiendas, 11 salas de cine, espacios recreativos, restaurantes, bancos y servicios de información esperaran a los pasajeros”, añadió.

LA NUMERACIÓN DEL CAOS

Tras dejar atrás un quisco de burekas (hojaldres rellenos), bollería y porciones de pizza, una clínica dental con carteles en arameo y árabe y una tienda de animales donde vendían desde conejos a cobayas, Harel guio al grupo por un pasillo por donde paulatinamente se iba perdiendo el sentido de la ubicación. Las explicaciones empezaron tratando los complejos debates sociales y urbanos que despierta el lugar, pero antes nos indicó un curioso número (4119) ubicado en la esquina superior de un comercio cerrado. “Sirven para ubicarse. El 4, hace referencia a la planta; el 1, a la calle o pasillo; y el 19 es el número del comercio”. Junto a la cifra siempre hay una pegatina: de color amarillo si es de propiedad “privada”, o lila si pertenece al dueño de la estación.

Sobre la cabeza de Harel, una intermitente luz de un desgastado fluorescente es lo único que alumbra. En toda la “Bestia” no entra ni un rayo de sol. De fondo, se oyen alegres gritos infantiles: son un grupo de niños filipinos, que acostumbran a pulular el lugar al salir de clase. Históricamente, el barrio de Neve Shanan ha sido hogar de las comunidades de migrantes, refugiados o trabajadores extranjeros. En la actualidad, los grupos dominantes son sudaneses y eritreos, llegados entre 2005 y 2013 huyendo de la persecución y la guerra; y mujeres filipinas, que aterrizaron legalmente en Israel para dedicarse mayoritariamente al cuidado de ancianos.

En la misma semana en que Harel daba sus explicaciones, una polémica colmaba los titulares de telediarios: Israel empezaba a expulsar a mujeres filipinas y a sus hijos nacidos en Israel (unos 50 o 60 casos), familias que se quedaron en el país tras expirar su visado laboral en regla. La guía apuntaba al grupo que “si bien cada país tiene sus leyes sobre inmigración, si no se regulan estos casos nos encontramos con estas tristes situaciones”.

Para sorpresa de los presentes, la guía aclara que el total de la superficie de la tajaná abarca 41 dunams (1 dunam=1.000 metros cuadrados), el equivalente a unos 6 campos de fútbol. Y para más inri, la mayoría descubre que a pesar de no haber subido ni bajado ningún piso, nos encontrábamos en la planta 4. Bajo nuestros pies se ocultaba un fascinante mundo del que casi nadie había oído hablar.

LAS ENTRAÑAS DE “LA BESTIA”

Descendiendo a la tercera planta, dos jóvenes negros bailan hip-hop en una esquina. Al parecer, los lunes por la tarde, un grupo de malabaristas se juntan en la “plaza central” a practicar. Cada mes de diciembre, el lugar se torna en un macro festival navideño, repleto de música y color. “Al final, la estación se ha convertido en un centro para las comunidades que viven aquí”, aclaró la guía. Junto a ella, se ubica la entrada de “Fresco”, una prestigiosa escuela de danza, que como otros colectivos, se mudó aquí en busca de un alquiler más barato.

Giramos la esquina. De repente, uno se sentía en el corazón de Manila, repleto de negocios filipinos: desde colmados a locales de comida callejera, despachos de abogados o compañías telefónicas. “La comida es lo primero que busca un migrante. Comida de casa. Y aquí hay productos frescos, especies y productos de temporada”, afirmó Harel. Al parecer, todo empezó con un tipo que empezó a importar productos filipinos, y al final desembocó en una verdadera industria afincada. Según Anabel, una amable cocinera que vende comida casera, cada fin de semana las “calles” de esta sección de la tercera planta se revientan de puestos con deliciosas preparaciones asiáticas, junto a tenderetes de manicura y pedicura.

A algunos emprendedores israelíes se les iluminó la bombilla: uno estableció una app para transferir efectivo de forma rápida, cómoda y, lo más importante, barata. Un judío ultraortodoxo estableció “Hakeren”, una consultoría legal para migrantes que cobra comisiones razonables, ya que percibió una enorme falta de información respecto a los derechos de esta comunidad.

EL “MIDRASUK”
De la combinación de “midrajá” (acera) y shuk (mercado) surgió el término “midrasuk”: una suerte de bulevar, que según el plan inicial del arquitecto permitiría una “experiencia más limpia y acondicionada”. Para sorpresa de muchos, este mercado interno desemboca en la calle Wolfson del barrio Florentine, y da fe de las múltiples y desconocidas arterias que esconde la estación.  Obviamente, el lugar no acabó ni limpio ni acondicionado: la falta de ventilación conlleva un insoportable bochorno, y apenas operan unos pocos comercios de ropa, entre los que destacan la venta de camisetas de Bob Marley.

Sorprendentemente, uno de los laterales de la tercera planta está repleto de zapaterías, que según Harel son una reminiscencia de esta tradicional industria de Neve Shanán. Frente a un caótico comercio de ropa de segunda mano, la guía cuenta el enorme fracaso de su propietaria, que en contra de la opinión de su familia, decidió invertir los ahorros de toda una vida en un local que jamás empezó abrió sus puertas. Hoy, su hijo, para mantener viva la memoria –o la ilusión- de su madre, regenta una tienda repleta de sacos enormes de ropa.

“Algunos lugares son algo peligrosos y dan miedo, pero todo está grabado y hay personal de seguridad, que puede actuar bastante rápido en caso de necesidad”, remarcó Harel mientras nos acercamos a oscuros pasillos que dirigen a la planta segunda. Es sorprendente el estatus quo prevaleciente entre criminales y comerciantes: todos se entremezclan, y nadie parece perjudicar los intereses del otro.

En un hueco de la escalera que baja al segundo piso –actualmente cerrado por desuso-, Harel invitó a fijarse en los detalles arquitectónicos: “cada vez que subes la cabeza, el diseño incorpora toda la infraestructura de iluminación. Para mi es precioso e intrigante. El arquitecto puso sus huellas en cada pieza del edificio, y es increíble tomando en cuenta su tamaño.”

Llegamos a la primera planta, que inicialmente debía albergar la terminal de autobuses. Dispone todavía de los puntos de entrada para los vehículos…pero no se tomó en cuenta la insoportable polución que acarrearían para todo el edificio. “Los que invirtieron en locales aquí fueron los que más pagaron, porque en teoría se iban a aprovechar del tráfico de un millón de personas al día”, aclaró la guía. Actualmente, parece el lobby de un aeropuerto fantasma.

 

 

JOHN WAYNE Y OPERACIONES MILITARES SECRETAS

Nos adentramos a uno de los laterales de la misteriosa primera planta. En el techo, cuelgan más de una decena de carteles: son las películas destacadas del momento, entre ellas una de John Wayne. Frente a unas taquillas vacías, Harel nos desvela varias decenas de entradas, que incluyen un pack de descuento de hamburguesa, patatas y bebida. “Hay seis salas de cine, que originalmente tenían acceso desde la calle”, contó ante el asombro de los presentes.

En efecto, hay múltiples salas, perfectamente equipadas, que jamás operaron. También una especie de teatro. ¿Qué hacer con tanto espacio desaprovechado?, preguntan varios. “Demolerlo crearía demasiada polución, y en todo el país no hay empresa capaz de recoger tanto cemento armado”, detalló. Al parecer, la propiedad de la estación ató un contrato de 40 millones de shekels (unos 10 millones de euros) con el ministerio de transporte para el uso de las plantas 6 y 7, pero los elevados costes de mantenimiento, electricidad o impuestos suponen que no se llegue a cubrir gastos. Por eso, hay en marcha debates sobre como “resignificar” el espacio, e incluso se plantea que poderosas compañías de hitech recalen en este espacio.

En un instante de silencio, Harel dejó atónitos a los presentes: sacó de una carpeta un cómic (“Zbeng”), escrito en árabe, donde aparecen varios soldados uniformados: “era un mensaje al sector árabe, sobre cómo debían comportarse en tiempos de guerra”. Al parecer, cada domingo a principio de los años 2000, la primera planta se convertía en una zona militar cerrada, donde dormían decenas de soldados del ejército israelí que eran destinados a otros lugares del país.

“Durante cada gran operación militar o guerra en los pasados diez años, fue usado como central operativa de la home security unit, y 70 soldados vivían aquí permanentemente”. Los reclutas dormían entre las butacas vacías del cine, y como no hay duchas con agua corriente, eran transportados a diario en buses a una base cercana para asearse. “Si me lo hubieran contado como un rumor, jamás lo creería. Pero tuve un colega que estuvo destinado en la tajaná merkazit”, aseguró Harel. Otro panfleto con canciones para la víspera del shabbat da fe de la presencia de militares en este piso.

MURCIÉLAGOS, GRAFFITIS Y UNA MISTERIOSA PUERTA

Llegamos al subterráneo. Hay buses en desuso aparcados. Palés de cajas de Coca-Cola y otros productos del supermercado Victory de la cuarta planta. Carritos de bebé, sofás, un coche con vidrios tintados y una destartalada puerta, que abre una mujer negra con trenzas al oír nuestra presencia. En el ambiente, un molesto chirrido constante: “arriba podéis ver la comunidad de murciélagos. Nadie hizo nunca ningún esfuerzo por sacarlos, y están asentados aquí”, prosiguió la guía.

También hay una antigua sinagoga de Habad con el eslogan de “mesías” en una esquina; o un inexplicable meadero de pie en medio de un interminable pasillo. Giramos, nos metemos por un estrecho pasillo, y damos con la “puerta secreta”: “en el baño de enfrente siempre hay papel y la luz está abierta, así que asumo que la persona que está dentro del cuarto lo está usando”. Se trata de una puerta de metal, blindada e inexpugnable: “hay dos cierres, lo que significa que puede contener armas, pero no sé si es cierto”. En la estación, la especulación es un elemento muy importante.

Desde el inmundo subterráneo, tomamos un ascensor directo a la séptima planta. Aquí el suelo está impoluto y el ambiente luce normal: hay pasajeros esperando autobuses de línea a última hora de la tarde. Las paredes rebosan color y expresión. Este pisó pasó a convertirse en el epicentro de arte callejero de Tel Aviv, ya que los principales grafiteros de la ciudad entendieron que, a diferencia de lo que ocurre a pie de calle, su trabajo no se perdería.

En esta planta descubrimos una librería, que tuvo constante actividad y ajetreo, hasta que se descubrió que un traficante utilizaba el interior de los libros para comerciar la droga con su clientela. Más al fondo, en otro de esos rincones a los que apenas nadie llega, hay un local verde con bendiciones escritas a gran tamaño. Se trata de una iglesia evangélica, frecuentada principalmente por refugiados africanos cristianos.

Para nuestra sorpresa, también descubrimos un jardín de infancia, que gracias a la ayuda de voluntarios, hace que los bebés de los refugiados cuenten aquí con más manos que ningún otro centro de la ciudad. Además, una clínica médica sirve a los más necesitados que no disponen al sistema de salud. En la cuarta planta, el local de música tecno “The Block” atrae a locales y turistas cada fin de semana, con sesiones de DJ’s internacionales que se alargan hasta la mañna.

La joya quedó para el final: un museo de yiddish –la lengua que hablaban los judíos en Europa-, que fundó Mendy Kahan, un apasionado de este idioma que recoge miles de fascículos de donantes de todo el mundo. A nuestra llegada, un voluntario estaba cargando tomos de la última partida de 20.000 libros recién llegados. Aquí se emite un programa de radio en yiddish, se celebran conciertos clandestinos de punk, noches de música klezmer o recitales de poesía.

El submundo de la tajaná merkazit abrumó y descolocó a los presentes. Al terminar, Harel se ofreció a reconducir al grupo hacia la puerta 41. Sin su ayuda, pocos se hubieran ubicado para lograr salir de este inexplicable laberinto.

 

GALERÍA FOTÓGRAFICA (Fotos: Ofer Laszewicki Rubin)
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