¿Y ahora, qué?

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El Coronavirus se coló en Israel en pleno bloqueo político. Tras ganar las elecciones, pero con insuficientes apoyos parlamentarios para gobernar, Netanyahu compareció para anunciar drásticas medidas. Muchos lo consideraron inicialmente otra oportuna táctica para infundir miedo, ganar tiempo, y mantener el poder. Pero con mayor o menor convencimiento, los israelíes acataron: decenas de miles llegados de países asiáticos y europeos con alta tasa de propagación eran obligados a permanecer en rigurosa cuarentena domiciliaria. Días más tarde, la medida se extendió directamente a todo israelí o extranjero que entrara al país.

Desafortunadamente, Israel está forjado sobre crisis. Históricamente, por guerras, Intifadas o “escaladas de tensión”. Ahora, por una pandemia mundial. Por ello, tal vez, la mayoría de la población acata las normas de urgencia impuestas. En un país tan pequeño y con zonas densamente pobladas, se decidió tras confirmarse los primeros casos positivos anular sin demora grandes eventos festivos de Purim (carnaval), competiciones deportivas, se limitaron concentraciones de más de 100 personas, se suspendieron clases y decenas de miles de israelíes trabajan (o no), confinados en casa. El temor por la hecatombe económica y sanitaria crece exponencialmente. Las consecuencias, como en todo el mundo, son impredecibles.

Probablemente, gracias a las imposiciones draconianas y a la obediencia pública, ahora se cuentan 164 casos. 3 graves. 0 muertes. Y no: en Tel Aviv, la gente no corrió todavía a aprovisionarse con montones de rollos de papel higiénico. Como si limpiarse el culo cómodamente fuera lo más vital ahora. En fin…

Mientras miles se internaban en cuarentena ya hace dos semanas por regresar de Madrid, Milán o Tailandia, presenciaban atónitos por televisión como los estadios de fútbol españoles estaban a rebosar. Que el pasado domingo, con la crisis sanitaria extendida, y a pesar de la alarma roja en Italia con 336 víctimas, se celebraban multitudinarias marchas por el 8-M. Las fronteras, abiertas a cal y canto.

Pero eso no es lo peor: no daba crédito al ver una crónica televisiva en que jóvenes madrileños celebraban eufóricos la suspensión de las clases. Con una inexplicable chulería y desfachatez, exclamaban que “yo, por mis huevos, ¡ahora voy a salir más de fiesta!”. Que haga caso a las autoridades su tía. Otro nivel es ver a un político infectado, Javier Ortega Smith de Vox, paseándose sin mascarilla con su anciana madre. Y puso la brocha: “mis anticuerpos españoles luchan contra los malditos virus chinos, hasta derrotarlos”. Suerte y gracias, macho ibérico. También son dignos de mención los miles de españoles que, a pesar de decretarse la emergencia, “huyeron” a sus segundas residencias al litoral mediterráneo o al Pirineo, contribuyendo a propagar el asunto. Total, “esto no va conmigo”, debían pensar.

¿Y ahora, qué?
Es natural que aflore el miedo. La incertidumbre lo salpica todo. Recuerdo haber sentido temor, nervios e impotencia al ver llegar cada noche a cientos de refugiados en la isla griega de Kos; deambulando por las tensas callejuelas de la Jerusalén amurallada durante la “Intifada de los Cuchillos”; sufriendo vaivenes amorosos que me hacían sentirme al filo del precipicio; o más recientemente, al pasar dos semanas ingresado en el hospital tras infectarme con una bacteria (desconocida). Algo peligroso, incierto, que nos hizo sufrir a mí y a los míos.

Como periodista, sentí que a pesar de intentar recoger y transmitir con responsabilidad los testimonios de quienes huían de la barbarie de la guerra CAGADOS DE MIEDO, se hacía extremadamente complicado que quienes leyeran las crónicas sintieran en sus propias carnes la agonía de aquellos seres humanos. “Que pena, que dolor, que injusto…”, pero aquello seguía ocurriendo lejos de sus burbujas de confort. Incluso de la de aquellos impasible turistas alemanes, que se bronceaban en la misma orilla de Kos donde se acumulaban cientos de chalecos salvavidas y barcazas pinchadas.

Pero el Coronavirus trasciende fronteras, nacionalidades y estatus sociales. Nos puede golpear a todos por igual. Por ello, necesitamos temperamento. Esto será largo y duro. Hay que hacer caso de las autoridades, pero sobretodo, asumir un imprescindible sentido de responsabilidad colectiva, algo inusual en nuestra era.

No aspiro a que de esto trascienda una humanidad netamente solidaria y empática, pero al menos invito a reflexionar: si ante una emergencia nacional como una pandemia se producen codazos en la cola del Mercadona, tal vez algunos logren entender que si un padre se mete con su bebé en una barcaza de plástico a la deriva, no pretende ni invadir un continente ni robar el pan del prójimo. Está luchando por la supervivencia. Huyen de bombazos que destruyen ciudades, vidas y familias. A pesar de las trágicas consecuencias que acaben comportando el COVID-19, Barcelona o Roma seguirán en pie, a diferencia de Idlib. La vida continuará, y si todo va bien seguiréis rodeados de los vuestros.

El miedo y la ansiedad se transmiten como la pólvora. Seamos responsables: intentemos también expandir el amor y la generosidad. Es hora de arrimar el hombro, no de mirar por nuestro propio ombligo.

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