La abstención árabe, clave para Netanyahu

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Los resultados se prevén muy ajustados y el «premier» israelí debe evitar un nuevo bloqueo en los comicios del martes.

Ofer Laszewicki . Tel Aviv.

Como ya ocurriera en las elecciones de 2015, Netanyahu ha vuelto a recurrir a la incitación contra el sector árabe de Israel –casi 2 millones, que representan al 21% de la población- como herramienta para alentar a su base electoral. Entonces, lo hizo alertando con sms de último minuto de que “los árabes venían en autobuses a votar masivamente”. Para las elecciones del próximo martes 17 de setiembre, que supondrán una repetición ya que en abril el premier no logró formar coalición, Netanyahu está prolongando el revuelo generado tras descubrirse que activistas del Likud acudieron con más de 1.000 cámaras secretas a centros electorales en aldeas árabes durante la pasada votación.

A toda prisa, intentó pasar en una Knesset en funciones una ley para legalizar la polémica colocación de cámaras. Y fue más allá: en un chat automático, su perfil de Facebook mandó cientos de miles de mensajes privados: “corremos el riesgo de tener un gobierno de izquierda débil, secular, que confía en árabes que quieres aniquilarnos a todos. A mujeres, niños y ancianos, y que permitirá un Irán nuclear que nos destruirá”.

Su táctica de incitación no es en vano: pretende intimidar a los árabes para que se queden en casa el próximo martes, ya que un porcentaje alto de votos en este sector podría ser clave para su derrota política. El Instituto para la Democracia de Israel (IDI), señaló en un comunicado que “la nueva campaña de Netanyahu es hacer creer que los ciudadanos palestinos de Israel están robando las elecciones por fraude”. Además, cargó contra la propuesta exprés de aprobar la colocación de las cámaras, ya que “contradice la opinión del asesor letrado del gobierno y supone un uso impropio de los poderes de un gobierno de transición”.

La gran incógnita es ver cómo responderá el público árabe en esta nueva ronda electoral. Si bien en 2015 cuatro formaciones árabes con enormes divergencias ideológicas –desde nacionalistas, a comunistas o islamistas- lograron converger en la “Lista Árabe Unida” para superar la barrera del voto mínimo y se consolidaron como tercera fuerza del país con un 10,54% del sufragio, en abril volvieron a aflorar las diferencias y se separaron en dos listas, que conjuntamente sumaron 10 escaños, en un parlamento de 120. La división desmovilizó al electorado árabe, y tan solo un 49,2% acudió a las urnas.

No obstante, ahora han vuelto a reeditar la “Lista Árabe Unida” bajo liderazgo de Ayman Odeh, que semanas atrás abrió las puertas a unirse a una coalición de “bloqueo” de centroizquierda para derrotar a Netanyahu, una propuesta que fue rechazada desde el centrista Azul y Blanco de Benny Gantz, el más firme candidato a batir al actual premier, ya que no quieren ser asociados con facciones consideradas por muchos como “quintacolumnistas”.

Por primera vez, la coalición árabe lanzó su campaña en hebreo para intentar captar voto judío de izquierdas, ya que el ideal pacifista y anti-ocupación del pacifista Meretz quedó diluido al formar la coalición “Frente Democrático” junto al ex primer ministro Ehud Barak. “Netanyahu es un psicópata sin límites que quiere ver sangre. Pedimos de inmediato terminar con la incitación racista y peligrosa contra la población árabe”, escribió Odeh tras el incendiario mensaje del líder del Likud.

El reto de Odeh será movilizar un sector de población que, en parte, se siente discriminado y no representado, y cuyas principales preocupaciones son el fin a la violencia descontrolada en sus aldeas, una mayor integración en la sociedad, y el acceso a la vivienda, ya que el estado apenas otorga licencias de construcción en zonas árabes. Además, deberá lograr activar el voto joven -60% se abstuvo en abril-, que en parte pidió el boicot en la pasada ronda de abril. Según una encuesta de la televisión pública Kan, un 53% de población árabe de Israel afirmó que votaría, mientras que un 9% ya tenía claro que no acudiría a los colegios electorales.

En una conversación captada en un reportaje televisivo en el poblado costero de Jizr a-Zarqa, el activista político Afif Abu Much destacó que “hay entre 250.000 y 300.000 votantes árabes que jamás votarán a la Lista Árabe Unida. Y el hecho de que los partidos judíos no lo aprovechen, enciende el racismo y la ignorancia”. Junto a él, el asesor estratégico Sami Ali apuntó que la gran abstención se debió a que “muchos sienten que no influyen”. Junto a ellos, en un debate encendido, un lugareño se quejó de que “la Lista Árabe Unida no vale nada, solo quieren asientos”.

El ex político israelí y negociador con los palestinos Yossi Beilin escribió en una columna en Al-Monitor que “la negativa de Azul y Blanco de querer dialogar con los partidos árabes para frenar la formación de un gobierno derechista podría contribuir a la desmovilización. La comunidad, que sufre discriminación en los presupuestos públicos, siente que no hay diferencia real entre la derecha e izquierda israelí, y que sus propios representantes les han fallado constantemente”.

En su tienda en Yaffo, un distrito mixto árabe-judío al sur de Tel Aviv, el pescador Raed Mansour quiso remarcar su postura a La Razón: “no me interesan las elecciones, ni me importan las etiquetas. Vivo por el trabajo, la familia y el respeto. No diferencio si mis clientes son judíos o árabes, veo a todos igual. Sin racismo ni discriminación, así me enseñó mi padre”. Y avanzó su decisión para el próximo martes: “vendré a la pescadería y no pienso ir a votar”.

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La tajaná merkazit: una “bestia” de hormigón que alteró para siempre el sur de Tel Aviv

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Es conocida como “La Bestia”. La estación central de autobuses del sur de Tel Aviv es, probablemente, uno de las construcciones arquitectónicas más controvertidas, costosas, cargadas de prejuicios y, sobretodo, con los secretos desconocidos y más bizarros que existen en Israel. En el imaginario colectivo israelí, la tajaná merkazit –por su nombre en hebreo-, es un lugar degradado y marginal, que es preferible evitar, y que en caso de que sea necesario acceder, lo mejor es encontrar una salida lo más rápido posible.

Ubicada en el corazón del barrio de Neve Shanán en el sur de la ciudad, cuando uno se acerca a la gigantesca construcción se palpa al instante la peculiaridad y las problemáticas del lugar: el olor a orín colapsa el ambiente; el tráfico de buses y taxis compartidos acarrea polución, gritos y bocinazos; borrachos, drogadictos y narcos pululan impunes y mercadean a plena luz del día ante la dejadez policial; y viajeros y turistas huyen despavoridos de un escenario a priori poco agradable. Pero lo mejor –o peor- de la caja de sorpresas se esconde en “la barriga de la Bestia”, como la describen quienes mejor la conocen.

En una soleada, húmeda y pegajosa tarde de julio, una veintena de jóvenes esperan frente a la entrada “41” la llegada de Heela Harel, guía turística de la agrupación CTLV tours, que ofrece paseos alternativos por los barrios bajos de Tel Aviv, los que quedan fuera de los focos. Sobre nuestras cabezas se alza una imperial rampa de hormigón: por aquí suben los autobuses que entran a la ciudad y alcanzan la sexta planta de la edificación. Desde fuera, la tajaná luce como una enorme estructura de cemento, con laberínticas rampas que se extienden por el barrio, y que alteraron para siempre el urbanismo y la vida social del lugar.

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Baréin acoge la puesta de largo del plan de Kushner

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EE UU promete 50.000 millones de dólares a la ANP a cambio de la paz con Israel.

Ofer Laszewicki. Jerusalén.

En una columna de opinión publicada pocos días antes del pistoletazo de salida de la conferencia económica de Baréin, el periodista israelí Avi Issacharof rebautizó la intención de Trump de lograr el «acuerdo del siglo» para solventar el conflicto palestinoisraelí como el «soborno del siglo», tildando la iniciativa de la Casa Blanca como un «intento descarado» de exigir a los palestinos que se atengan a los parámetros que se desgranan ayer y hoy en Manama a cambio de altas sumas de dinero.

Tras meses de especulaciones sobre el contenido del plan económico, presentado como la primera fase de un proceso que debería culminar con la implantación de un segundo apartado «político», el yerno de Trump, Jared Kushner –máximo responsable del diseño de la propuesta–, reveló a la Prensa un extenso documento con los puntos que se tratarán. No obstante, el plan ha despertado duras críticas desde la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Desde el traslado de la embajada de EE UU a Jerusalén y el reconocimiento de la ciudad como capital de Israel, Ramala cortó en seco los canales de comunicación con Washington, y dejó claro que boicotearía un programa que no encara los asuntos espinosos del conflicto.

A pesar del escepticismo generado, el equipo de Trump no se desvía de su apuesta: impulsar la economía palestina mediante la inyección de 50.000 millones de dólares en los territorios palestinos y países colindantes y la mejora de las infraestructuras. Los críticos con la iniciativa apuntan que en el documento publicado por Kushner no se menciona en ningún capítulo la ocupación militar israelí de Cisjordania, el conflicto abierto en Gaza, los asentamientos, el estatus de Jerusalén, el establecimiento de un Estado palestino o la cuestión de los refugiados.

Washington ha intentado abrir el foco, atrayendo la participación de aliados árabes en la región –con representantes de bajo perfil– como Egipto, Jordania, Arabia Saudí o el propio Baréin, que ejerce de anfitrión, para probar que el creciente deshielo entre Israel y el mundo árabe suní, tradicionalmente hostil al Estado judío y arduo defensor de la causa palestina, puede ser un elemento a favor de la reconciliación. Es significativo, por ejemplo, que Manama haya accedido a autorizar oficialmente la presencia de periodistas israelíes.

Ni israelíes ni palestinos estarán representados por políticos, pero sí hay presencia de empresarios o negociadores no oficiales. Tan solo un hombre de negocios palestino, Ashraf Jabari –considerado traidor por la ANP por sus vínculos con los colonos judíos en Hebrón–, tomará la palabra. En Gaza y Cisjordania, tanto Al Fatah como Hamas han llamado a la huelga general y a protestas masivas como respuesta a la iniciativa.

Durante el discurso inaugural de la conferencia, Kushner remarcó la necesidad de crear un «ambiente de negocios mucho más favorable», en lugar de la tradicional postura de muchos gobiernos de «culpar a Israel por todo lo que ocurre». En el programa de actividades se repite un mismo patrón: la prosperidad.

Un panel con un ex asesor de Trump y un empresario emiratí tratará “una nueva era de prosperidad”; la ex directora del FMI Christine Lagarde, junto al ministro de economía saudí Mohammed al-Sheik darán otra sesión económica; empresarios de EE.UU., Bahrein, Turquía y Reino Unido se centraran en como Gaza y Cisjordania pueden vivir “un renacimiento económico”; o un cineasta norteamericano propondrá impulsar el ocio y los deportes como “una vía para energizar la economía”.

“Para elaborar un camino de desarrollo económico prospero para Cisjordania, Gaza y la región, las partes interesadas deberán prestar atención a la experiencia de líderes globales”, apunta el programa. A pesar de los crecientes vínculos de Israel con estados árabes por intereses económicos y de seguridad compartidos –esencialmente por la amenaza iraní sobre la hegemonía en Oriente Medio-, los analistas coinciden en señalar que los países árabes no aceptaran avanzar en un acuerdo que no sea satisfactorio para los intereses nacionales palestinos.

“Desde la implementación de los Acuerdos de paz de Oslo, primero en 1994 y luego en 1996, hubo distintas ofertas, acuerdos y procesos, que siempre fracasaron. No culpo a ninguno de los dos lados, pero lo indiscutible es que fracasaron. Un gran obstáculo para resolver el conflicto es que las naciones árabes jamás formaron parte de la solución”, apunta a este diario Grisha Yacubovitch, ex general del ejército israelí y consultor estratégico. En su criterio, ante los continuos rechazos en el pasado de los palestinos a diversos planes de paz, opina que ahora puede haber una fórmula que “el resto del mundo árabe puede llegar a apoyar”. Pero reconoce que el precio a pagar del lado palestino es muy elevado: “para recibir los billones de dólares, todo apunta a que tendrán que hacer grandes renuncias nacionales, respecto a sus principios y a su narrativa”.

 

Crónica publicada en “La Razón”:
https://www.larazon.es/internacional/barein-acoge-la-puesta-de-largo-del-plan-de-kushner-AK23928091

RISTOM HAILESLASIE, EL ERITREO AMENAZADO DE EXPULSIÓN QUE SUEÑA CON ESTUDIAR MEDICINA EN ISRAEL

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 – Tel Aviv

Ristom Haileslasie es un joven eritreo de 33 años que vive cerca del parque Levinsky, en el barrio de Neveh Shanan al sur de Tel Aviv. Aquí viven la gran mayoría de los cerca de 38.000 refugiados africanos, la mayoría de Eritrea y Sudán, que llegaron a Israel en busca de asilo político entre los años 2006 y 2012, y que ahora deben decidir entre ser deportados voluntariamente o ser encarcelados.

Ristom se siente en casa cuando camina por las calles del sur de la ciudad. No solo porque convive con eritreos: recientemente terminó kitá dalet (nivel alto de hebreo), y se desenvuelve a la perfección hablando el idioma local con sus buenos amigos israelíes en cafés y pubs. Siente que ahora, a pesar de todo, está disfrutando de la juventud que le robaron. Ristom nació en Adi Keyh, al sur de Eritrea. Como todo joven de 18 años en su país, tras terminar el instituto fue llamado a filas. Apenas recibía 10 dólares al mes para jabón o tabaco. Con suerte, veía a su familia una vez año. Su obsesión era poder seguir estudiando, pero su país entró en guerra con Etiopía y estuvo destinado como buzo en la marina.

“Mandé una carta al estado explicándoles que quería terminar mis estudios, pero no estuvieron de acuerdo”, explica mientras remueve una taza de té con hierbabuena en un café hípster. Ristom se envalentó y huyó. Pero le pillaron: “me encerraron en la cárcel, en una celda de un metro cuadrado bajo tierra durante tres meses”. Se estremece: “fue terrorífico. Es como esas pelis en que abren la puerta tan solo para tirarte comida. Estaba completamente solo, no vi la luz del día en tres meses. Pura oscuridad. No perdí la cordura de milagro”.

Tres meses después, vio el sol y se desplomó al instante. Recuerda que despertó con la cara empapada y tumbado en el suelo, y entonces fue trasladado a otra cárcel, esta vez abierta. Sacaban a los reos en grupo a hacer sus necesidades en campo abierto, cercados por guardas armados. Pero aprovechó el atardecer para ocultarse junto a otros tres presos entre unos árboles: “huimos de noche, sin zapatos, sin nada. Encontramos unos beduinos con sus animales, y nos dieron comida y calzado. Pero sospechábamos que podrían chivarse, así que tomamos su ayuda y seguimos huyendo”. Los muchachos se separaron. Ristom encontró a alguien que le dejó llamar a su hermano, que pidió un taxi y le llevó de regreso a casa, donde vivió recluido varios meses. Ningún vecino podía saber de su presencia.

Se cargó de esperanzas y siguió escapando: “entré en Sudán, que también es peligrosísimo. Hay beduinos que te secuestran y piden fortunas a las familias”. En una larga e incierta ruta, Ristom logró atravesar a pie Sudán y Egipto y plantarse con otros migrantes en el desierto del Sinaí. Aquí pagó su “pasaporte definitivo”: abonó 5.000 dólares a un beduino egipcio, que les condujo por una ruta clandestina para entrar a Israel. “Yo huía sin rumbo, no pensé en Israel al principio. Mi única meta era poder estudiar”. Pero matiza: “conocía la historia de Israel, leí mucho. Sobre el Mossad, el sionismo… para mí ha sido una suerte conocer a los judíos y su país, es un lugar importante con muchas cosas interesantes”. Cuenta que, tras pocos minutos en territorio israelí, fueron abordados por un jeep deltsahal: “¡no os preocupéis, somos israelíes!, les chillaron por megáfono. “Nos iluminaban, pero nosotros huíamos por instinto”, recuerda. Asegura que los soldados les brindaron un trato cordial. Era 13 de enero de 2010, época en que más de 1.000 refugiados al mes cruzaban ilegalmente la frontera de Egipto a Israel. Tras un breve periodo de dos semanas entre rejas y un cuestionario, fue soltado a su suerte en la estación central de autobuses de Tel Aviv. Otros fueron enviados a la “prisión abierta” de Holot, en el desierto del Negev, donde tenían libertad para salir de día pero debían regresar a pernoctar. Por ahora, Ristom trabaja a jornada completa en una residencia de ancianos y sigue estudiando hebreo en el barrio de Florentine: “todavía no logré entrar a la universidad, pero si sigo estudiando el idioma tal vez lo logre en el futuro”.

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Ristom Haileslasie, en una café de Tel Aviv. Foto: Ofer Laszewicki

DEPORTACIÓN VOLUNTARIA O CÁRCEL INDEFINIDA

De los aproximadamente 38.000 refugiados africanos que se encuentran en Israel, un 72% son de Eritrea y un 20% de Sudan. Los primeros huyen de una brutal dictadura y un servicio militar que puede alargarse 40 años; los segundos, de las masacres en Darfur y la guerra entre Sudan y el joven estado de Sudan del Sur. En 2014, Israel terminó de construir una barrera de 250 kilómetros en la frontera con Egipto y frenó en seco las llegadas.

La gran incógnita era que ocurriría con los miles que se instalaron en barrios humildes y sobrepoblados del sur de Tel Aviv, que asumieron la carga de acoger a los migrantes ante el abandono de las instituciones estatales. A pesar de la dureza de sus testimonios, el gobierno de Israel les considera migrantes económicos que llegan al estado judío en busca de oportunidades. “Nosotros no actuamos contra refugiados”, dijo Netanyahu en una reunión del ejecutivo. Y sentenció: “actuamos contra inmigrantes ilegales que vienen a trabajar. Israel seguirá siendo un refugio para verdaderos refugiados y expulsará a los infiltrados”. Desde 2006, tan solo un sudanés y diez eritreos han logrado estatus de refugiados en el estado judío. Dicho estatus, con variaciones en cada país, incluye permisos de trabajo, atención sanitaria, educación para los niños, asistencia para la vivienda y clases de idiomas.

Algunos residentes del sur de Tel Aviv se han movilizado los últimos años en contra de la presencia de los refugiados, alegando que “han destruido nuestros barrios” y culpándoles de un aumento de la criminalidad. Otros, no obstante, han hecho campaña para frenar el plan de deportación del gobierno. El pasadoshabbat, 20.000 personas -tanto israelíes y refugiados- se concentraron en Levinsky en una gran manifestación para parar la expulsión. El propio Ristom experimentó el mismo día de nuestra charla los nuevos planes del gobierno cuando fue a renovar su permiso de estadía mensual en Bnei Brak: “me pusieron documentos sobre la mesa y me preguntaron si aceptaba voluntariamente marcharme Ruanda. Si no aceptaba, en 60 sería ingresado en prisión. Les dije que no me voy a ningún lado, que me metan en la cárcel”. Con una admirable entereza, el joven eritreo afirma que para él “no es nada” pasar un tiempo en la prisión de Israel comparado con el terror que sufrió en su país. “No volveré a África, ahí mi vida corre peligro”.

Según testimonios de migrantes en Israel deportados a Ruanda recogidos por The Times of Israel, primero son encerrados en casas privadas y son transportados de noche a las fronteras de Sudan o Uganda. Además, les exigen cruzar sin documentación y que pidan asilo en el nuevo país tras pasar la frontera. Dos amigos de Ristom han pasado por ello tras aceptar la deportación voluntaria: “los 3.000 y pico dólares que les dio Israel ya se esfumaron. Les prometieron que tendrían todo arreglado en Ruanda y es todo mentira, te cogen tus documentos y no te los devuelven. Pagó dinero para pasar a Sudan, de ahí a Kenia, y ahora deambula por Etiopia. “¿Me voy a ir para dar vueltas por toda África?”, se pregunta Ristom. Y apunta: “muchos se perdieron por el camino, o cruzando el Mediterráneo de Libia a Europa, y no supimos más de ellos”.

“NUNCA DECIDÍ QUE SERÍA REFUGIADO”

“Nunca decidí que sería refugiado. Quiero ser un gran estudiante, abrirme al mundo, tener una profesión, ayudar… Quiero ser médico, aunque todavía no se en que especialización”, afirma Ristom. Según dice, la gran mayoría de compatriotas suyos que hacían turno en la cola para renovar su permiso de estancia en Bnei Brak rechazaron también firmar su deportación. “Tras escuchar las historias de mis amigos, tengo paciencia para estar en la cárcel lo que haga falta”.

Ristom siente que están padeciendo una injusticia, que el gobierno y el sistema les rechaza. Pero no pierde la compostura y agradece profundamente a todo el que le ayudó aquí, como aquel contratista israelí que le dio su primer empleo, le mimó, y le pagó los primeros shekels para rehacer su vida. O los jóvenes hebreos con quien se junta cada viernes para salir por clubs en Dizengoff. “Jamás sentí el racismo. Esto es como mi país, no me siento como un refugiado, no me siento un negro diferente. Seguro que existe el racismo, para a mí no me afecta”, comenta.

Cree que el gobierno hace populismo con su situación, ya que también hay en Israel muchos blancos sin papeles “pero con ellos no se meten. Nosotros no molestamos a nadie. Limpiamos las calles y las cocinas y basta”, asegura. De hecho, esta es otra de las cuestiones que destacan los contrarios al plan de deportación, ya que actualmente la economía israelí está faltada de mano de obra, especialmente en trabajos duros como la limpieza, la agricultura y la hostelería.

“Quien pasó lo que yo pasé, puede pasar hasta 20 años en la cárcel. Sobreviví al fuego… ¿y volveré para quemarme?”, se pregunta Ristom. Y continúa: “Israel no me mantendrá entre rejas 20 años, no soy un terrorista. Durante el tiempo en la cárcel podré estudiar y leer, que ahora no tengo tiempo para ello”. Y desvela cuál es su mecanismo para subsistir: “hago cosas para hoy y no pienso en el mañana. La cabeza debe estar centrada en el presente. Cuando veo el sol y me levanto a las 6 de la mañana, no sé si éste será mi día”.

 

Artículo publicado en Revista “Mozaika”
http://www.mozaika.es/ristom-haileslasie-el-eritreo-amenazado-de-expulsion-que-suena-con-estudiar-medicina-en-israel/

Més d’un milió, fins quan?

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Ofer Laszewicki Rubin

Mural de la xerrada sobre la situació dels refugiats: Origen i destí / Espai AnGram
Mural de la xerrada sobre la situació dels refugiats: Origen i destí / Espai AnGram

La passada setmana es va fer oficial la xifra: es calcula que més d’un milió de refugiats vaguen per Europa. La gran majoria, famílies sirianes –amb bebès i ancians a coll-, però també afganesos, iraquians, somalis, sudanesos, pakistanesos, i un llarg etcètera. Les dades i les imatges ho diuen tot: Europa viu la crisi humanitària més gran des de la II Guerra Mundial, però a ulls de la majoria de la ciutadania no deixa de ser un altre drama més que es reprodueix de tant en tant per televisió.

Després de veure i comprovar de primera mà la situació a l’illa grega de Kos i a la ruta occidental dels Balcans que emprenen diàriament milers de persones sense rumb ni respostes, em vaig adonar que la magnitud del drama és molt major i pitjor del que ens imaginem. I el més greu: aquesta vegada no succeeix en llunyanes guerres, sinó davant els nostres propis ulls. En les costes de poblats grecs en fallida, o en remotes viles de l’antiga Iugoslàvia, encara deprimides per les ferides d’una sagnant guerra, les ferides de la qual encara no han cicatritzat.

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“¿En qué país estamos?”

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LA CRISIS DE LOS REFUGIADOS (LA VANGUARDIA)

, Dobova (Eslovenia). Servicio especial

Migrants Cross Into Slovenia

Dobova despierta borroso. La niebla distorsiona el paisaje, y el frío húmedo se cuela hasta los huesos. En la anticuada estación de tren, grupos de voluntarios desmontan palés y preparan bolsas individuales con pan de molde, atún y manzanas. Policías eslovenos malhumorados y soldados cubiertos con pasamontañas y rifles a sus espaldas se despliegan a lo largo del andén. Como casi cada día desde octubre, las autoridades croatas alertan a sus ve­cinos eslovenos: está a punto de llegar.

De pronto se oye un chirrío en las vías. Un tren grisáceo atraviesa la neblina. Voluntarios y agentes se tapan la nariz y la boca con mascarillas. Empiezan a abrirse algunas ventanillas:

–¿En qué país estamos? –pregunta un pasajero.

–Eslovenia –responde un voluntario.

–¿Y adónde nos llevan? –insiste desde la ventanilla.

–Creo que a un campo aquí al lado –dice dudando el coope­rante.

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El drama y la lección humana en Kos

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Amigos y amigas. Desafortunadamente, el último post de nuestro memorable viaje a Grecia está lleno de tristeza, desesperación, resignación y rabia. Los últimos días han sido los más difíciles del viaje y, probablemente, de nuestras vidas. En la isla de Kos hemos vivido desde primera línea el drama humanitario más grande que ha vivido Europa desde la II Guerra Mundial. Las costas de las diminutas islas griegas fronterizas con Turquía son, a día de hoy, el reflejo directo del desastre que crea la guerra y la pobreza extrema, ocasionada mayoritariamente por los chanchullos de los mandatarios que mueven los hilos del mundo a su antojo.

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Este relato es únicamente una reflexión personal sobre lo ocurrido en las últimas jornadas. En breves, podréis leer un reportaje extenso y completo sobre los hechos, acompañados de una potentísima galería fotográfica a cargo de Georgi. A nivel personal y profesional, estoy más que satisfecho por el trabajo realizado. Como periodista, he podido desarrollar a fondo mi trabajo, he hablado con todas las partes implicadas -refugiados, ong’s, UNCHR, voluntarios, griegos, etc- y he logrado completar un relato potente y necesario. En lo personal, estamos derruidos y extenuados. Hemos pasado largas noches recorriendo el litoral, esperando la continua llegada de los balsas, hablando y mimando a los que llegaban con terribles historias a sus espaldas.

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