El drama continúa en la isla de Kos

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Aunque el ritmo ha bajado, las embarcaciones siguen llegando cada noche. “Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo”, afirma una voluntaria sueca chilena que atiende a los refugiados cuando desembarcan

<p>Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos.</p>

Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos. (GEORGINA NOY)

OFER LASZEWICKI RUBIN
KOS (GRECIA) | 14 DE OCTUBRE DE 2015

Se acercan las 12 de la noche. Un grupo de voluntarios, mayoritariamente escandinavos, hace guardia en el punto de ayuda que ha montado en el paseo marítimo, frente a la comisaría de la policía local. De pronto, un veterano griego aparece en la escena en moto. Está tenso. “Acaba de llegar un grupo, vienen con niños y bebés”, alerta. Dos fornidos rubios se ponen en marcha con la furgoneta que han alquilado para rescatar a los recién llegados. El motorista griego regresa a los pocos minutos, con un niño de apenas tres años a cuestas, con el pijama puesto y en estado de shock. Tiene la mirada perdida, no entiende nada. Una joven holandesa lo arropa en sus brazos, mientras otro chico cura a su padre, con heridas en un pie. Intentan hacer comer al pequeño, pero apenas puede abrir la boca, está demasiado débil.

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De Afganistán a la periferia de Europa

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Son muchos los afganos que se han instalado en la céntrica Plaza Victoria de Atenas, donde han montado un improvisado campamento a la espera de poder continuar su ruta hacia el norte del continente europeo

OFER LASZEWICKI RUBIN

<p>Voluntarios de una ONG reparten comida a refugiados afganos en la Plaza Victoria en Atenas.</p>

Voluntarios de una ONG reparten comida a refugiados afganos en la Plaza Victoria en Atenas.

ATENAS | 30 DE SEPTIEMBRE DE 2015

Al conversar con Mehdi Seyedi, joven afgano originario de la ciudad de Herat, se hace difícil imaginar el infierno que ha vivido en las últimas semanas. Con una insólita entereza y un inglés fluido, el refugiado, de tan sólo 16 años, cuenta el trágico periplo que ha sufrido desde que huyó de su Afganistán natal rumbo a la soñada Europa, donde espera al fin prosperar y vivir en paz. Son muchos los afganos que se han instalado en la céntrica Plaza Victoria de Atenas, donde han montado un improvisado campamento a la espera de poder continuar su ruta hacia el norte del continente europeo.

MEHDI SEYEDI: “ME FUI DE MI PAÍS PORQUE EL ESTADO ISLÁMICO (EI) SE APODERÓ DE HERAT. MI FAMILIA ES CHIÍ Y ELLOS SON SUNÍES. UN DÍA, NOS ENVIARON UNA CARTA A CASA DICIENDO QUE SI NO HUÍAMOS NOS MATARÍAN”

Afortunadamente, Seyedi ha llegado sano y salvo a Atenas, pero varios compañeros de viaje no tuvieron la misma suerte. Fueron acribillados en el camino. “Lo más difícil fue pasar de Afganistán a Irán. Cruzando la frontera nos dispararon los guardias iraníes, y cuatro compañeros murieron en las montañas”, cuenta con desesperación. De Irán cruzó a Turquía, y de la costa turca zarpó en un saturado cayuco con 48 viajeros rumbo a la isla griega de Lesbos. La embarcación se agujereó, pero por fortuna un lugareño griego rescató a los pasajeros. Tras pasar tres semanas en el campo de refugiados del puerto de Mytilene, logró in extremis un billete rumbo a Atenas.

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“Aunque pongan minas anti-personas, los inmigrantes seguirán viniendo”

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“Aunque pongan minas anti-personas, los inmigrantes seguirán viniendo”, dice enrabietado Sayba Bayo, voz cantante de la ONG Fassuló. La entidad, radicada en la población catalana de Mollet del Vallés, trabaja para mejorar las condiciones de vida de los suyos en Senegal, país de origen de la mayoría de sus miembros. De hecho, casi todos son de la misma familia, los Bayo, originales del pueblo de Fodecounda. Son hermanos y primos que, como tantos africanos, se embarcaron en pateras y aviones en busca de las mieles del soñado paraíso europeo.

En una calurosa tarde de sábado, una docena de hombres de entre 35 y 40 años se reúnen en un aula del centro cívico local en la periferia barcelonesa. El encuentro sirve para deliberar sobre cómo mejorar la gestión del molino que han logrado construir para que las mujeres de su pueblo natal recolecten los granos del campo más ágilmente. Según cuentan, ellas son las que más sufren. “Cada uno de nosotros aporta cinco euros al mes” destaca Mahmadou Signaté, tesorero de la asociación, quien desgrana los proyectos que se han puesto en marcha gracias a su ímpetu. Uno de los más simbólicos se lleva a cabo en el Día del Cordero del Ramadán: se ocupan de que todos los vecinos de Fodecounda puedan comer carne, sobre todo los que no pueden pagarla.

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Una valla, dos mundos

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El año 2014 ha sido uno de los más ajetreados en la valla fronteriza que separa África de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. En demasiadas ocasiones, hemos presenciado en telediarios y periódicos la misma estampa: grupos de decenas o centenares de inmigrantes subsaharianos tratando de saltar colectivamente las imperiosas verjas que separan un mundo de otro, a sabiendas que sus posibilidades de permanecer en suelo europeo son muy pocas.

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