EL MISTERIO DRUSO

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De la serie “Tales from a strange land”

Druze village Pqi'in Israel

Una mujer drusa prepara café en una casa en Peki’in, Israel. Foto: Elisa Bernal

“Nos instalamos en lo alto de las colinas para así poder ganar las guerras”, relató Hail Hamer, un druso de mediana edad que regenta un pequeño restaurante de comida local. A parte de cocinar, acoge a grupos de israelíes y turistas para contarles la historia de su gente y su pueblo, Peki’in, ubicado en una cima de las montañas de la Galilea, al norte de Israel. Orit Lev, judía de Carmiel, ha intimado durante años con sus vecinos drusos. Al encontrase con Hiamamer Abomalh se fundieron en un tierno abrazo, como si fueran verdaderas hermanas. Las dos impulsaron un taller local de confección de canastas de mimbre. “Para mí, supuso culminar un sueño”, me explicó Orit. Gracias a la artesanía logró inmiscuirse en los hogares, tradiciones y secretos de los drusos.

Antes de perdernos por las empinadas y desordenadas callejuelas de Peki’in, Orit me advirtió: “al saludarse, solo los hombres se dan la mano a los hombres, y lo mismo entre las mujeres. Y sobre todo, jamás rechaces la comida y el café. Es una ofensa para ellos”. Entrar a la casa familiar de Hiamamer fue como dar un salto atrás en el tiempo. Enérgica y dicharachera, la mujer nos invitó a tomar asiento en el sofá junto a su hermana y su padre, Yussef, un entrañable hombre de corta estatura, mostacho blanco erizado y una sonrisa de las que se contagian. “Puedes hacernos fotos, pero no las subas a Facebook”, indicó nuestra anfitriona, que junto a su hermana se apuraba en pelar y trocear toda clase de frutas para darnos la bienvenida. Amenizados en todo momento por los graznidos del pájaro enjaulado a la entrada, las mujeres abarrotaron la mesa con café turco, fruta fresca, dulces y frutos secos. “Es para que os vayáis preparando para la comida”, bromearon.

Mayoritariamente, las familias drusas viven juntas y crecen entre las mismas paredes. Generación tras generación, van construyendo nuevos pisos en la misma propiedad, que en el caso de los Abomalh mantienen pulcra y decorada cual santuario. Las mujeres tradicionalistas cubren sus cabezas con finos pañuelos de seda blanca, mientras que a los hombres se los reconoce por los graciosos sombrerillos redondos blancos y sus inconfundibles y nutridos bigotes. “Aquí es donde pasamos las frías noches de invierno”, indicó Hiamamer mostrándonos un cálido salón con una estufa de leña ubicado en la segunda planta. Las paredes están repletas de retratos, que están debidamente ordenados: en una pared hay colgadas diversas fotos de sus líderes espirituales, que a primera vista me recordaron por su aspecto a los ayatolá chiitas de Irán. En el lado opuesto lucen retratos de jóvenes y ancianos fallecidos de la familia. Y en los marcos de los cuadros y en toda clase de objetos se realzan los colores rojo, amarillo, verde, azul y blanco que conforman la bandera y la estrella de cinco puntas drusa.

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