Leon Recanati, los custodios del ladino en Israel

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Ofer Laszewicki – Petah Tikva

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Residencia de ancianos Leon Recanati, en Petaj Tikva, cerca de Tel Aviv.

En los relajados jardines de la residencia de ancianos Leon Recanati de Petaj Tikva –urbe cercana a Tel Aviv-, Rachel, Simja y Soshana pasan las horas cosiendo jerséis de lana para sus nietos, amenizadas por los agradables graznidos de los pájaros. “Nací en Salónica (Grecia) y hablo Ladino, mezclado con palabras del turco y el griego”, comenta Soshana mientras se coloca un dedal y agarra una fina aguja. “Yo soy turca, y aquí todas hablamos en perfecto ladino”, interrumpe Simja. Tras cantarme con alegría mediterránea varios versos en un castellano que entiendo a la perfección, prosigue: “Mos vino a visitar un gacetero, mos estampó y tuvimos con él una habla muy placiente”. Simja solo tiene buenas palabras para Sefarad, pero dice que “aunque tuve mucho deseo de ir a España, jamás lo alcancé”.

El complejo del centro Leon Recanati combina una residencia de ancianos con un centro cultural para preservar la memoria histórica. La mayoría de sus cerca de 200 residentes son ancianos originarios de Grecia, Turquía o los países balcánicos y conservan con mimo el idioma ladino que hablaban de pequeños en sus hogares. Esta lengua, también conocida como judeoespañol, surgió en las comunidades judías de Sefarad (península ibérica), que tras la expulsión masiva que impulsó la Inquisición católica en 1492, siguieron practicando en su exilio para mantener su vínculo cultural y lingüístico con la tierra de sus ancestros.

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El drama y la lección humana en Kos

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Amigos y amigas. Desafortunadamente, el último post de nuestro memorable viaje a Grecia está lleno de tristeza, desesperación, resignación y rabia. Los últimos días han sido los más difíciles del viaje y, probablemente, de nuestras vidas. En la isla de Kos hemos vivido desde primera línea el drama humanitario más grande que ha vivido Europa desde la II Guerra Mundial. Las costas de las diminutas islas griegas fronterizas con Turquía son, a día de hoy, el reflejo directo del desastre que crea la guerra y la pobreza extrema, ocasionada mayoritariamente por los chanchullos de los mandatarios que mueven los hilos del mundo a su antojo.

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Este relato es únicamente una reflexión personal sobre lo ocurrido en las últimas jornadas. En breves, podréis leer un reportaje extenso y completo sobre los hechos, acompañados de una potentísima galería fotográfica a cargo de Georgi. A nivel personal y profesional, estoy más que satisfecho por el trabajo realizado. Como periodista, he podido desarrollar a fondo mi trabajo, he hablado con todas las partes implicadas -refugiados, ong’s, UNCHR, voluntarios, griegos, etc- y he logrado completar un relato potente y necesario. En lo personal, estamos derruidos y extenuados. Hemos pasado largas noches recorriendo el litoral, esperando la continua llegada de los balsas, hablando y mimando a los que llegaban con terribles historias a sus espaldas.

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El drama continúa en la isla de Kos

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Aunque el ritmo ha bajado, las embarcaciones siguen llegando cada noche. “Nadie puede hacerlo todo, pero todos podemos hacer algo”, afirma una voluntaria sueca chilena que atiende a los refugiados cuando desembarcan

<p>Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos.</p>

Campamento improvisado de refugiados en el paseo marítimo de Kos. (GEORGINA NOY)

OFER LASZEWICKI RUBIN
KOS (GRECIA) | 14 DE OCTUBRE DE 2015

Se acercan las 12 de la noche. Un grupo de voluntarios, mayoritariamente escandinavos, hace guardia en el punto de ayuda que ha montado en el paseo marítimo, frente a la comisaría de la policía local. De pronto, un veterano griego aparece en la escena en moto. Está tenso. “Acaba de llegar un grupo, vienen con niños y bebés”, alerta. Dos fornidos rubios se ponen en marcha con la furgoneta que han alquilado para rescatar a los recién llegados. El motorista griego regresa a los pocos minutos, con un niño de apenas tres años a cuestas, con el pijama puesto y en estado de shock. Tiene la mirada perdida, no entiende nada. Una joven holandesa lo arropa en sus brazos, mientras otro chico cura a su padre, con heridas en un pie. Intentan hacer comer al pequeño, pero apenas puede abrir la boca, está demasiado débil.

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