(IV) VODKA Y CERDO EN ST. PETERSBURGO DE MAR

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De la serie “Tales from a strange land”


Fuimos unos afortunados. Tras apenas visitar tres o cuatro pisos, dimos con nuestro “palacio”: una casita baja con patio en el barrio de Florentine, epicentro de hípsters, gays, mascotas, fumetas y artistas de Tel Aviv. En apenas cinco minutos, dimos el visto bueno, entregamos un cheque de depósito y nos agenciamos el lugar. No obstante, el dueño, un jubilado encantador llamado Yoram, nos dijo que podíamos acceder al mes siguiente, así que debíamos buscarnos la vida para encontrar un cobijo temporal. Me puse a investigar Airbnb. Los apartamentos en el centro de ciudad estaban por las nubes, así que puse el radar en distritos cercanos para ahorrar unos shekels, que aquí vuelan de tu bolsillo en un santiamén.

Encontré un anuncio, escrito solamente en ruso, que ofrecía un pisito sencillo pero bien ubicado en Bat Yam, una ciudad a pie del mediterráneo ubicada al sur de Tel Aviv. Escribí en inglés a la dueña, Rita, quién respondió en el mismo idioma, pero con una evidente traducción de google. La misma tarde nos plantamos en la calle Herzl 35, y la amable señora nos esperaba puntual en la puerta. En la entrada al edificio, un cartel de una compañía inmobiliaria con el rostro de Rita y unas palabras en ruso nos dio la bienvenida. Entramos al lugar –pequeño y sencillo, pero adecuado- y, tras saludarla en inglés, me empezó a hablar ruso. Y no paró. En 2 minutos, me detalló en su lengua como activar la tele por cable, encender el calentador de agua o el truco necesario para abrir la puerta.

– “¿At lo medaberet hibrit? (no hablas hebreo), le pregunté tras no entender nada.
Ken, tipá (si, un poco), me aclaró. Así que siguió su explicación en precario hebreo  tras comprobar que no había entendido absolutamente nada.

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