(II) HAIFA FLUYE

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De la serie “Tales from a strange land”

Tan solo poner el pie en Haifa noté frescura. Veníamos de días de extrema sequedad y calor, que ayudaron a propagar en un santiamén los incendios que arrasaron diversas áreas del país. Bajé del tren en la parada de Bat Galim, nombre del vecindario construido a escasos metros de la playa. Aquí el agua se ve limpia y bastante transparente, y el tayelet (paseo marítimo) me recordó al de mi querido El Masnou. Vista desde el litoral, Haifa impone: las verdes colinas se elevan prácticamente frente al mar. Recuerda a las postales de San Francisco o incluso Río de Janeiro, construidas entre montículos y empinadas avenidas. Saba (abuelo) Smhuel y safta (abuela) Adela descansan en paz aquí. Mi madre y mis hermanos nacimos en el barrio del Karmel. Mi sentimiento de pertenencia a Haifa es enorme e imborrable.

Vine de jueves a shabbat para unirme a un tour con otros periodistas para cubrir los daños causados por las llamas; estar con la calma con mi amigo Jonathan (“Yona”); y vibrar con el jolgorio del Hag Hahagim -la “fiesta de las fiestas”-, donde se unen alegremente la Navidad, el Hannukah y el Ramadán. Ésta última fiesta musulmana pasó hace meses, pero lo importante es festejar unidos:

–    “Por suerte, Jesús, Moisés y Mohamad jamás pasaron por aquí”, ironizaba Yonah                      Yahav -dicharachero alcalde de Haifa-, tratando de explicar el porqué de la                                fraternal convivencia entre tribus, un hecho insólito en Israel.

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